Por Shihan José Luis García MEX
Hace más de cincuenta años, cuando apenas tenía doce años, viví una de esas aventuras que uno nunca olvida. Éramos cuatro amigos inseparables, de esos que se reunían todas las tardes para jugar en la calle hasta que el cansancio o las regañadas de nuestras madres nos hacían volver a casa (lo que era muy a menudo). Nuestra vida transcurría en ir a la escuela, ayudar a las labores de la casa, uno de nosotros vivía en una casa que cuidaban en encargo de otra persona, y de una familia muy querida por nosotros, cuando no íbamos a la escuela, mi hermano y yo acompañábamos a nuestro padre a trabajar a la vieja Merced.
Uno de mis amigos (el cuarto mosquetero) tenía un tío que criaba gallos de pelea. Fascinado con este tipo de animales, comenzó a soñar con tener el suyo propio. Ninguno de nosotros tres sabía lo que planeaba hasta que, una noche, mientras descansábamos después de jugar, nos contó con los ojos brillantes que conocía un lugar donde había gallos, muchos gallos, y que sería emocionante ir a verlos.
Nos dijo en voz baja “Están sueltos, y no hay vigilancia”, con algo de complicidad.
Su entusiasmo fue contagioso. Acordamos ir los cuatro, pero a la medianoche, “para que nadie nos viera”. En aquellos años las colonias estaban menos iluminadas, las calles eran de tierra, y el miedo que sentíamos era parte de la emoción.
Llegó el día. Sin que nuestras familias lo supieran, salimos de casa en silencio y corrimos hasta llegar a la otra colonia, la que colindaba con el Estado de México. Pasamos junto a un canal a cielo abierto por donde corría el Río Churubusco, convertido entonces en un cauce de aguas negras que despedía un olor insoportable.
Cuando llegamos al lugar que desconocíamos salvo nuestro compañero, todo estaba en silencio, oscuro y polvoriento. Nuestro amigo, el que había tenido la idea, nos guió hasta las jaulas. Ahí fue cuando nos dijo, sin rodeos:
“Cada quien se va a llevar un gallo”.
Nos miramos entre nosotros, dudando por un instante, pero la adrenalina pudo más. No podíamos echarnos para atrás en ese momento. Con manos temblorosas comenzamos a abrir las jaulas, pero en ese preciso instante escuchamos un grito que heló nuestra sangre:
¡¿Quién anda ahí?!
El tiempo se detuvo, se nos heló la sangre, nuestro y corazón latió al máximo. De repente, escuchamos el inconfundible sonido metálico de alguien que cortaba cartucho. Sin pensarlo, dejamos todo y salimos corriendo como si el diablo nos persiguiera.
Lo peor fue que para escapar tuvimos que correr junto al canal de aguas negras, donde cualquier resbalón podía ser fatal. Sentíamos que el corazón se nos iba a salir del pecho y que en cualquier momento nos alcanzaría un balazo. Pero corrimos, corrimos hasta llegar a nuestra colonia.
Nadie dijo una sola palabra esa noche. Y durante días, ninguno quiso mencionar lo que había pasado. Era como si al hablarlo volviéramos a sentir el miedo de esa madrugada.
Con los años, supe por los periódicos que en ese canal encontraron autos, perros y hasta personas. Y cada vez que lo recuerdo pienso que, de haber resbalado alguno de nosotros, pudo haber sido una tragedia. El tiempo pasó. La vida nos llevó por distintos caminos.
Al mirar atrás y recordar aquella noche, entiendo que lo que vivimos fue más que una simple travesura infantil. Fue una lección temprana sobre la vida, sobre lo frágil que puede ser y lo fácil que es ponerla en riesgo por curiosidad o imprudencia. Aquella carrera junto al canal nos enseñó, sin palabras, que cada decisión importa y que un instante puede cambiarlo todo.
También fue una lección sobre la amistad: ninguno de nosotros se quedó atrás, corrimos juntos, callamos juntos y juntos compartimos el miedo. Esa complicidad nos unió por largos años hasta la fecha, de una forma que el tiempo no pudo borrar. Me recuerda que la vida se compone de momentos que nos marcan, que nos enseñan, y que nos hacen valorar cada día que seguimos aquí. Y aunque entonces fuimos imprudentes, hoy agradezco haber tenido la oportunidad de aprender de esa experiencia y seguir adelante.
Hoy sé que el amigo que nos llevó aquella noche ya falleció. Que en paz descanse. Cada vez que pienso en él, recuerdo esa aventura y sonrío, agradeciendo que salimos ilesos. Fue una mezcla de inocencia, imprudencia y aventura que nos enseñó, sin saberlo, el valor de la vida.
José Luis García Díaz

7° Dan Shoto Kan. Lic. Planeación y Evaluación Educativa. Universidad Virtual del Estado de Michoacán, Juez “A” de Kata World Karate Federation (WKF), Réferee “A” de Kumite World Karate Federation (WKF), Senior Referee World Union Karate Federation (WUKF). Presidente de la Asociación de Clubes Oficiales de Karate en la CDMX. Varios años, miembro integrante de la Comisión de Arbitraje de karate y Asesor de arbitraje en la Federación Mexicana de Karate (FMK). Director y fundador Técnico de la Organización Shotokan Karate Do Oriente. Co-fundador de la Federación Nacional de Artes Marciales Japonesas A. C.
