HOMO VIOLENTUS

“Pienso que no sólo hay que calmar a los hinchas del fútbol,
sino que hay que calmar también al ser humano
y cambiar el modo de ser de la sociedad,
porque los estallidos de violencia en el fútbol
no son más que la proyección de eso.
Hay que cambiar las mentalidades y pacificar al ser humano”

Gabriel García Márquez

Por Mario Antonio Ramírez Barajas

Hubo una época de mi vida en la cual me dediqué a organizar funciones de lucha libre profesional, al margen de lo poco productiva y exitosa de esta experiencia, siempre me sorprendió la reacción de los asistentes, durante el desarrollo del espectáculo, gritaban, insultaban, se emocionaban, y parecían llegar casi al extremo de la agresión física con aquellos luchadores odiados, celebraban hasta el paroxismo el éxito de los favoritos, casi siempre los técnicos; en el fondo, al menos en relación a la lucha libre profesional, es una alegoría del combate perenne entre el bien y el mal.

Lo más admirable era la conducta colectiva expresada al término de la función, todas las muestras anteriores de molestia, incomodidad, excitación y emociones descontroladas, desaparecían y abandonaban el recinto, con una calma y una actitud, propia de haber vivido una profunda catarsis individual y colectiva de efecto social. Todos contentos, felices y con buena actitud.

Mi primera reflexión al respecto: al tener el deporte espectáculo una presencia importante como medio de comunicación e interacción social, contiene en sí mismo, un gran potencial para intervenir en la formación de entidades sociales e individuales.

Recuerdo una ya lejana lectura de Norbert Elías, sobre la función mimética del deporte desde la perspectiva del espectador, tiene una condición de ocio y disfrute pero al mismo tiempo, una representación ficticia de la confrontación y la lucha y todo esto presupone un simulacro con la vida real.

También se desarrolla este mimetismo en otras actividades con funciones de espectáculo masivo como las carreras, el teatro, el cine y muchas otras relacionadas con el ocio, con acontecimientos miméticos, los cuales permiten a la sociedad, cubrir la necesidad de experimentar emociones desbordadas y fuertes, con la consecuente liberación de las mismas, sin perturbar ni poner en peligro el orden de la vida social, esto en contraposición, al riesgo de una expresión colectiva violenta ante una auténtica tensión emocional de tipo serio.

Es darle a los espectadores potenciales, un mundo artificial donde existe una cuota poco usual de libertad, se alienta el disfrute y el placer sin riesgo, condimentados con ordenamientos ceremoniales, expresiones dramáticas y escenificaciones casi cercanas a la teatralidad con sentido lúdico, expresando momentos de alegría y risa, propios de las habilidades técnicas de los deportistas, presencian intercambio de agresiones, gestos deportivos y rituales de sacrificio y, al final del espectáculo, difícilmente hay un daño permanente para los practicantes y los asistentes.

Entonces queda más clara la diferenciación entre la esfera del trabajo cotidiano, entendido como la fuente de ocupación principal de origen del recurso económico necesario para sobrevivir, y su vínculo entre el ocio, la diversión, entretenimiento, juego y tiempo libre.

El deporte espectáculo, libera a los individuos de las estrictas reglas relacionadas con el trabajo, les da la posibilidad de vivir placeres y emociones no posibles en su rutina laboral.

Entonces se puede experimentar el sentimiento de derrota, abatimiento y victoria sin correr el riesgo de una pérdida o un dolor definitivo y duradero.

Me permito apropiarme de uno de los conceptos de Dunning, quien le atribuye a esta función mimética un término profundamente lúcido: “gestión de la violencia”, entendida como una forma de superar el resentimiento y el miedo de los actores en el deporte espectáculo.

Entonces la idea de riesgo toma otro sentido cuando ya no existe la posibilidad de muerte o de una lesión permanente y se liga entonces con diferentes desenlaces afectivos, la solución del conflicto ya no es la destrucción y muerte del contrario.

Es una profunda forma de sublimación de la guerra, apropiada por el deporte espectáculo, en beneficio de una sociedad más civilizada, este es uno de los grandes aportes del deporte como fenómeno sociocultural.

En las grandes concentraciones masivas relacionadas con el deporte, hay un “descontrol controlado de emociones”, sin ninguna sanción física ni moral que comprometa la integridad de la persona y nunca podrían expresarse en el mundo cotidiano.

Este mimetismo con la vida cotidiana permite generar tensiones con un peligro imaginario relacionado con el miedo, el placer, la alegría, y éstas son de la misma naturaleza de la vida real.

Por esa razón ahora tengo una preocupación profunda sobre la afectación causada por el covid-19, como responsable de la suspensión de actividades masivas, con este potencial mimético, ha cortado de golpe la posibilidad de que todas esas necesidades de vivenciar emociones positivas y negativas en un marco en el cual no existan consecuencias sociales. Espero de todo corazón no se reflejen en una elevación de los niveles de agresión, violencia y descontento social, ante la ausencia de este poderoso instrumento del deporte espectáculo como modulador de la conducta social.

Es de vital importancia social volver a contar con estadios deportivos, teatros, cines y demás, operando a su máxima capacidad lo más pronto posible.

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