
El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas, se va generando de acuerdo al curso de la vida social o individual.
Por Daniel Aceves Villagrán
José Ingenieros (1877-1925), médico psiquiatra, criminólogo, docente, escritor y ensayista italo-argentino, realizó ensayos de gran peso psicosocial para el siglo XX. Una de las grandes aportaciones se da a través de la obra El hombre mediocre (1913), donde relata que la vida humana representa, la mayor parte de las veces, una ecuación entre el pasado y el futuro, y en su carácter de ensayista que ponía en práctica sus ideas, aludía: “A los hombres fuertes les pasa lo que a los papalotes; se elevan cuando es mayor el viento que se opone a su ascenso”.
El ensayo en comento, publicado en 1913, se construye como una obra que trata sobre la naturaleza del hombre y como método de análisis los opuestos: la personalidad del hombre mediocre y la personalidad del hombre idealista; explora las características de cada uno y las formas y papeles que adoptaron en la sociedad, la historia y la cultura. La evolución humana es un esfuerzo continuo para adaptarse a la naturaleza, por ello necesita conocer la realidad del ambiente y prever el sentido de las propias adaptaciones; sus etapas se reflejan en la mente humana como ideales. Un hombre, un grupo o una sociedad son idealistas porque conciben posibles perfeccionamientos, ya que la imaginación puede anticiparse a la experiencia, evolucionar es variar.
En la evolución humana, el pensamiento varía incesantemente, por lo que los ideales pueden no ser verdades; son creencias, el concepto de lo mejor es un resultado natural de la evolución misma. La vida tiende, naturalmente, a perfeccionarse y esto, a medida que la experiencia humana se vaya amplificando, observando la realidad, los ideales son modificados por la imaginación y ésta es madre de toda originalidad.
El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas, se va generando de acuerdo al curso de la vida social o individual. Para Ingenieros, la psicología de los hombres mediocres se caracteriza por la incapacidad de concebir una perfección, de formarse un ideal, son rutinarios y no cuentan con el ensueño del sabio y la pasión del apóstol, son incapaces de virtud porque les exige demasiado esfuerzo, no viven su vida para sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la opinión de sus similares.
La aristocracia del mérito es el régimen ideal, tiene su fórmula absoluta, “la justicia y la desigualdad”. Ningún filósofo, estadista, sabio o poeta alcanza la genialidad mientras en su medio se sienta inoportuno, necesita condiciones favorables de tiempo y de lugar para que su aptitud se convierta en función y marque una época en las historias; el ambiente constituye “el clima” del genio y la oportunidad, su “hora”. En la lucha por el éxito pueden triunfar los mediocres, pues se adaptan mejor a las modas ideológicas reinantes, para la gloria sólo cuentan las obras inspiradas por un ideal y consolidadas por el tiempo; su victoria no depende del homenaje transitorio que pueden otorgarle o negarle los demás, sino de su propia capacidad para cumplir su misión.
Nada cabe esperar de los hombres y las mujeres que entran a la vida sin afiebrarse por algún ideal; a los que nunca fueron jóvenes les parece descarriado todo ensueño, y no se nace joven: hay que adquirir la juventud y, sin un ideal, no se adquiere.