Encuentro con un titán.

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Cuando Mijaín López me habló de fuerza, raíces y sueños.

Por Geoffrey Recoder MEX

Ayer, al entrar al auditorio del Instituto Mexicano del Seguro Social, ubicado sobre Reforma y Burdeos, sentí la expectación propia de los grandes momentos. La cita no era una más: el LEF Héctor García, Titular de la Coordinación de Cultura Física y Deporte del IMSS, había logrado lo que parecía imposible, traer hasta nosotros a una leyenda viva: Mijaín López, el cinco veces campeón olímpico de lucha grecorromana.

Desde que cruzó el umbral, su figura dominó el espacio. No por su estatura ni por sus títulos, sino por la calma con la que se movía, por esa presencia que no se impone, sino que irradia autoridad desde la serenidad. En ese instante comprendí que estaba frente a un hombre que ha hecho de la disciplina una forma de vida, del silencio una estrategia, y del esfuerzo, su lenguaje más honesto.

Su conferencia no fue una lección técnica ni un repaso de victorias: fue un viaje a través de su historia personal, una historia donde el sudor y la fe se entrelazan con la humildad. Nos habló de sus raíces, de la educación recibida en casa, del valor del trabajo y del respeto a la tierra que lo vio crecer. En sus palabras no había nostalgia, sino gratitud. Escucharlo fue presenciar cómo la fortaleza más pura no proviene de los músculos, sino de la conciencia del origen.

Cuando habló de sus primeros pasos en la lucha, recordé por qué este deporte es una metáfora de la vida: se gana con fuerza, sí, pero sobre todo con equilibrio, con la mente serena, con la capacidad de levantarse una y otra vez. Detrás de cada medalla, Mijaín esconde años de sacrificio, lesiones, dudas y silencios; detrás de cada oro hay una historia que no todos podrían soportar.

Mientras lo oía, mi mente viajó siglos atrás, hasta la antigua Grecia. Pensé en Milón de Crotona, aquel legendario luchador que conquistó seis Juegos Olímpicos consecutivos y que, según la leyenda, entrenaba cargando un ternero hasta que se convirtió en buey. En Mijaín encontré a su reflejo moderno: la constancia hecha carne, la fuerza moldeada por la paciencia, el hombre que vence no solo a sus rivales, sino al tiempo.

Para quienes no están familiarizados con la lucha olímpica, es difícil dimensionar lo que representa Mijaín López. En su disciplina, su figura equivale a la de Michael Jordan en el baloncesto, Pelé y Maradona en el fútbol, pero si buscamos comparaciones más profundas, de época y trascendencia, debemos situarlo junto a los titanes del siglo XX, aquellos que marcaron el amanecer del deporte moderno.

Mijaín, con su fuerza contenida y su serenidad de hierro, pertenece a la misma estirpe de Jesse Owens, quien desafió el racismo con sus cuatro oros en Berlín 1936; de Paavo Nurmi, el “finlandés volador” que dominó el atletismo con nueve oros olímpicos entre 1920 y 1928; de Carl Lewis, heredero de esa grandeza con diez medallas y una elegancia incomparable en la pista; de Jim Thorpe, el atleta nativo americano que conquistó el pentatlón y el decatlón en 1912 y que encarnó el espíritu de los primeros Juegos modernos; o de Nadia Comaneci, la gimnasta rumana que rozó la perfección con su mítico “10” en Montreal 1976.

En el agua, su estatura simbólica se asemeja a la de Mark Spitz, el nadador estadounidense que en Múnich 1972 logró siete oros antes de que existiera la noción de récords imposibles. En el cuadrilátero, su temple recuerda a Muhammad Ali, quien combinó poder físico, poesía y convicción moral. En la nieve, puede compararse con Björn Dæhlie, el esquiador noruego que acumuló ocho oros olímpicos, o con Larisa Latynina, la gimnasta soviética que fue, durante décadas, la atleta más condecorada en la historia de los Juegos.

Pero Mijaín trasciende incluso esas hazañas, porque él ha conquistado cinco medallas de oro olímpicas consecutivas, sin conocer la derrota, en la misma categoría de lucha grecorromana (130 kg), desde Beijing 2008 hasta París 2024. Nadie en la historia del deporte de combate, y muy pocos en cualquier disciplina, han mantenido semejante dominio.

Solo el británico Sir Steve Redgrave, remero legendario, logró cinco oros consecutivos (1984–2000), aunque en distintas modalidades y acompañado de equipos diferentes. Y aun así, en un deporte individual, de contacto, donde el cuerpo es la herramienta y el riesgo, lo de Mijaín resulta incomparable.

Su dominio no se mide solo en títulos, sino en tiempo: dieciséis años de supremacía ininterrumpida, en un ciclo donde cambiaron las reglas, los rivales, la tecnología y el contexto. En cada combate, enfrentó no solo al adversario, sino a la historia, a la edad, a la presión de ser invencible.

Por eso, cuando se habla de Mijaín López, hay que hacerlo en la misma oración donde habitan los nombres de los inmortales del siglo XX: Owens, Nurmi, Thorpe, Comaneci, Latynina, Ali, Spitz, Lewis, Pelé, Maradona, Jordan… todos ellos símbolos de una era en la que el cuerpo fue vehículo del espíritu y el triunfo se convirtió en lenguaje universal.

Así, en pleno siglo XXI, Mijaín reencarna ese legado atemporal. Si Jordan dominó la duela, Pelé y Maradona el balón, y Ali el cuadrilátero, Mijaín López dominó el tapiz con la serenidad de un monarca antiguo. Un hombre que supo transformar la fuerza en arte, la técnica en ética, y el esfuerzo en inmortalidad. Su legado ya no pertenece solo a Cuba ni a la lucha: pertenece al linaje universal del deporte, donde los héroes no se miden por la fama, sino por la permanencia de su ejemplo.

Lo que más me impactó no fueron sus triunfos, sino su manera de entenderlos. Dijo que “un campeón no se mide por las medallas, sino por lo que hace cuando nadie lo ve”, y esa frase me estremeció. Porque detrás de cada oro hay madrugadas, dolores, derrotas invisibles y el peso del sacrificio. Mijaín nos recordó que la grandeza no se improvisa: se entrena.

Al final de su conferencia, mientras el público lo aplaudía de pie, comprendí que había presenciado más que una charla: había sido testigo de un legado. Me conmovió ver cómo un hombre que ha alcanzado la cúspide de la gloria conserva una humildad genuina, una serenidad que solo otorgan los años de disciplina y la conciencia del deber cumplido.

Salí del auditorio con una sensación extraña: mezcla de inspiración, respeto y gratitud. Comprendí que escuchar a Mijaín López fue mucho más que un privilegio académico o institucional; fue un encuentro humano, una oportunidad de mirar de cerca lo que significa ser un titán contemporáneo.

Esa tarde confirmé que hay seres que nacen para recordarnos lo que el espíritu humano puede alcanzar cuando se guía por la convicción. Mijaín López no habló de gloria, habló de propósito; no habló de victorias, habló de vida. Y mientras lo escuchaba, comprendí que los titanes aún existen: no en los altares, sino en los hombres que, desde la sencillez, inspiran al mundo a seguir soñando.

EL DEPORTE NO DESCANSA

Alfonso Geoffrey Recoder Renteral

Especialista en Gestión, Dirección y Administración en Cultura Física y Deporte. Doctor Honoris Causa. Posdoctorando en Derecho. Doctor en Ciencias de la Educación. Doctorante en Administración y Política Pública. Maestro en Gestión de Entidades Deportivas. Maestro en Administración. Maestro en Ciencias de la Educación con especialización en Gestión de Estudios Superiores. Maestrante en Fisiología del Ejercicio. Maestrante en Periodismo y Comunicación Deportiva. Maestrante en Metodología del Entrenamiento Deportivo. Maestrante en Ciencias del Deporte. Licenciado en Educación Física. Licenciado en Derecho.  Cursó el Seminario Sports Visitor Program: Enhancing the Paralympic Movement, United States Olympic & Paralympic Committee, Colorado Springs, USA. Cursó el Seminario Técnico–Metodológico para Directivos del Deporte de Alto Rendimiento en la Universidad de la Cultura Física y Deporte “Manuel Fajardo”, Cuba. Cursó el Seminario en Gestión de Entidades Deportivas en la Escuela Universitaria del Real Madrid, España. Cursó el Diplomado en Alta Dirección en el Deporte, por la Confederación Deportiva Mexicana.

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