
El deporte moderno enfrenta uno de los debates más complejos de su historia reciente: la participación de deportistas trans en la rama femenil y el impacto que ello tiene sobre la equidad competitiva. No es un asunto de consignas ni de titulares bien intencionados, sino de ciencia aplicada al rendimiento, de biología humana y de justicia deportiva. En este contexto, un metaanálisis recientemente difundido ha sido presentado como prueba concluyente de que las deportistas trans no representan una amenaza para el deporte femenil. La realidad, sin embargo, es más compleja y exige una lectura crítica, responsable y profunda.
La investigación a la que se hace referencia fue publicada en el British Journal of Sports Medicine y liderada por el investigador brasileño Bruno Gualano, de la Universidad de São Paulo. El estudio analizó 52 investigaciones previas, con una muestra acumulada de 6 485 personas, comparando variables de aptitud física y composición corporal entre mujeres trans y mujeres cis tras uno a tres años de terapia hormonal de afirmación de género. Los autores concluyen que, pasado ese periodo, no se observaron diferencias estadísticamente significativas en fuerza muscular ni en consumo máximo de oxígeno (VO₂ máx), y que la evidencia disponible no respalda la idea de que las mujeres trans constituyan una amenaza para la competencia femenil.
El problema no es la existencia del estudio ni la legitimidad de sus autores. El problema es la forma en que sus conclusiones se han simplificado y absolutizado. La fisiología humana no se reduce a dos o tres indicadores aislados. El origen cromosómico XY tiene implicaciones directas en el desarrollo del sistema músculo-esquelético, en la densidad ósea, en la longitud de los segmentos corporales y en la distribución de fibras musculares, particularmente las de tipo II, asociadas a la fuerza y la potencia. Estas características se desarrollan de manera decisiva durante la pubertad y la adolescencia, y no desaparecen por completo con la supresión hormonal en la edad adulta.
A ello se suma un factor poco abordado en los estudios generalistas: la historia de entrenamiento y competencia. Una deportista trans que entrenó y compitió durante años frente a otros atletas XY no solo desarrolló adaptaciones físicas, sino también adaptaciones neuromusculares, metabólicas y psicológicas propias de un entorno competitivo de mayor exigencia promedio. La exposición prolongada a cargas elevadas, ritmos más intensos y escenarios competitivos más agresivos genera aprendizajes motores y tolerancias al esfuerzo que no se revierten simplemente con la modificación hormonal.
El propio metaanálisis reconoce limitaciones importantes. Solo nueve de los 52 estudios incluidos fueron ensayos clínicos controlados, el estándar más alto de evidencia científica. Además, existe una escasez casi total de datos sobre deportistas de alto rendimiento, que son precisamente quienes compiten por plazas, medallas, becas y reconocimiento internacional. Evaluar poblaciones generales y extrapolar sus resultados al deporte competitivo es metodológicamente riesgoso y científicamente insuficiente.
El deporte no se define únicamente por promedios fisiológicos. Se define por márgenes mínimos, por décimas de segundo, por centímetros y por repeticiones más. En ese contexto, ventajas pequeñas pero persistentes pueden ser determinantes. Negar esa posibilidad no es un acto de inclusión, sino de negación de la realidad competitiva.
Esto no implica desconocer los derechos, la dignidad ni la identidad de las personas trans. Implica reconocer que el deporte, para ser justo, necesita ramas que respondan a realidades biológicas objetivas, no solo a construcciones sociales. La rama femenil existe precisamente para compensar diferencias promedio que históricamente han limitado las oportunidades de las mujeres en el deporte competitivo.
El deporte no descansa. Y el debate tampoco debería hacerlo. Necesitamos más investigación longitudinal, más datos en atletas de élite y menos consignas. Solo así podremos construir políticas deportivas que honren la ciencia, la justicia competitiva y el respeto humano, sin sacrificar ninguno de estos pilares en el camino.
Referencias
Un estudio pionero concluye que no hay pruebas de que las atletas trans sean “una amenaza” para el deporte femenino. El País. https://elpais.com/salud-y-bienestar/2026-02-03/un-estudio-pionero-concluye-que-no-hay-pruebas-de-que-las-atletas-trans-sean-una-amenaza-para-el-deporte-femenino.html?ssm=whatsapp_CC
Editorial / El Deporte No Descansa
