La deportividad: el deporte es más que ganar o perder

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Por César Pólit Ycaza 

La deportividad es fundamentalmente un comportamiento, un modo de pensar y una actitud vital favorable a la lucha contra la trampa y el engaño. Es expresión del espíritu deportivo que incluye conceptos tan nobles como la amistad y el respeto al adversario. Ella trasciende del puro cumplimiento de las reglas deportivas para situarse en un entorno de respeto y caballerosidad, de aceptación de la victoria con humildad y la derrota con dignidad, y de reconocimiento de la participación y el esfuerzo del adversario por encima de los resultados.  

En el deporte, los principios éticos son los cimientos sobre los que se construye un ambiente de competición justo, respetuoso e íntegro. Ellos son los que guían el comportamiento de deportistas, entrenadores, jueces y demás actores deportivos, en el marco de valores como el Juego Limpio, el respeto mutuo, la equidad. El comportamiento ético permite encauzar la rivalidad y el desafío deportivo desde pautas diferentes y socialmente aceptables, destinadas a producir ejemplaridad frente a otras formas de relación social.  

La deportividad se exterioriza a través de cómo asumimos las victorias o derrotas ante nuestros contendientes. Se evidencia, también, en el respeto y reconocimiento que les profesamos a quienes nos ayudan a crecer y mostrar nuestra máxima fortaleza y capacidad de desafío, a vencernos a nosotros mismos, así como a quienes respetan las reglas y los valores del deporte. Constituye una manifestación justa y necesaria, pues todo adversario merece ser respetado y reconocido por sus méritos y esfuerzos. 

La ética deportiva nos enseña valores como la honestidad, la responsabilidad, el trabajo en equipo, la perseverancia, el respeto y la humildad, que son fundamentales para el desarrollo integral de los deportistas. El Juego Limpio es expresión de ella. Comprende, además, el debido respeto por la salud y seguridad de los deportistas, su participación en ambientes de entrenamiento y competición seguros y saludables. De ella se desprende el espíritu deportivo. 

Para entender mejor la importancia y significado de la deportividad es menester conocer lo que es el espíritu deportivo, para lo cual cabe hacer nuestra la definición que sobre él formulara Donald Guay (1993): “El Espíritu deportivo consiste en practicar deporte según los valores humanos. Es una mentalidad particular, un Ethos, un conjunto de valores orientadores que guía las actitudes y comportamientos de los deportes y de los deportistas, es una ética que da al deporte sentido, consecuencia y valores.”  

La mejor manera de descubrir y exaltar el espíritu deportivo y la deportividad es recurriendo a los testimonios de grandes leyendas del deporte mundial, recogidos por los medios de comunicación y mencionados en el libro de mi autoría “Estado y deporte: amigos y enemigos íntimos”. Así, también, a reseñas históricas de varios de los más importantes casos de deportividad. Para ese propósito sigue un resumen de ellos.  

Casos del tenis 

En el mundo tenístico, cabe recordar la entrevista realizada a McEnroe, tras el retiro de Bjorn Borg. Y a Federer y Nadal, al concluir la memorable final que protagonizaron en Wimbledon 2008.  

¿Le echó usted de menos?, le preguntaron a John McEnroe en relación con la retirada de Bjorn Borg, su eterno rival. Él respondió: “Por supuesto que sí. Él me hizo mejor jugador”. Parecida fue la respuesta de Federer cuando le preguntaron qué sentía por Nadal: “Es un rival, en el sentido de alguien que me lleva al límite (…), que te hace ser mejor. Antes creía que prefería un mundo sin rivales, yo y el resto, pero ya no”.  

A Rafael Nadal le inquirieron qué pensaba de Federer, y éste, dando muestras de admiración por su rival, respondió con gran deportividad: “En mi vida he visto a nadie jugar con tal perfección. Cuenta con todos los golpes y además vistosos, bonitos. Tenerle delante te ayuda a ser mejor. Yo intento aprender todo lo que puedo de él. Para mí es un modelo, lo que a mí me gustaría ser en un futuro”.  Puede que allí encontremos parte del porqué de su exitosa carrera, que incluso lo llevó a superar al propio Federer en el total de torneos de Gran Slam ganados.    

Otro gran ejemplo lo dieron Nadal y Djokovic, tras enfrentarse cinco horas y 53 minutos en la épica final del Open de Australia de 2012, la más larga de la historia del Grand Slam. Nadal, a pesar de salir derrotado, declaró: “Esta es una de las derrotas más felices de mi carrera. Me he superado a mí mismo. Ha sido la final que he perdido que quizás me duele menos porque he hecho todo lo que he podido. He luchado todo. He corrido todo lo que he podido correr. He llevado a Djokovic al límite, y a mí mismo también. Cuando uno hace todo lo que puede, no está obligado a más. Estoy satisfecho de mí mismo. Después de un tiempo en el que había sufrido sin disfrutar, he sufrido disfrutando. Ese es el camino”.  

Djokovic con igual caballerosidad respondió: “Estoy absolutamente de acuerdo con él. Nunca sentí nada igual. Te duele todo. Sufres. Intentas activar tus piernas. Intentas empujarte un punto más. Te sangran los dedos. Todo es ya demasiado y, aun así, sigues disfrutando del sufrimiento. Por eso estoy de acuerdo con Rafa. Haber jugado casi seis horas es increíble, simplemente increíble. Escuchar que esta es la final más larga de la historia de los torneos grandes (5h 53m) me hace llorar.  

En el quinto set sentí que mi cuerpo iba bajando de energía, pero sabía que él también estaría sintiendo el paso del tiempo. Intenté mantenerme ahí mentalmente. Controlar mis emociones. Cuando me vi con un 2-4, empujé mi cuerpo hasta el límite. Los dos usamos hasta la última gota de energía de nuestros cuerpos. Creo que el título se decidió por un poco de suerte y un poco de deseo. Debería haber dos ganadores”.  

Tales declaraciones fueron singulares muestras de deportividad, pero, sobre todo, el mejor reconocimiento al esfuerzo desplegado por ambos en un cotejo maravilloso y épico, en el que cada uno se venció a sí mismo. Los perdedores de esos históricos partidos dieron siempre lo mejor de sí, llevados como fueron al límite de sus capacidades y de su deseo de ganar. Sin duda, “saber perder es humanamente enriquecedor cuando se ha aspirado intensamente a ganar; si no se aspiraba a la victoria, aceptar la derrota no tiene valor”. 

Sin embargo, en el tenis, el gesto de deportividad que más se recuerda y destaca es aquel que se dio en el partido de Mats Wilander contra José Luis Cler en semifinales de Roland Garros, en 1982. En aquella ocasión el partido se encontraba 6-5 a favor de Wilander y con bola de partido, cuando una devolución del argentino el juez la canta fuera y le da el triunfo al sueco, decisión que es reclamada por Cler. Después de su discusión infructuosa con el juez, Wilander le da una pelota a Clerc en la mano para reanudar el juego. 

Seguidamente el juez francés Dorfman subió a su silla y anuncio: “Señoras y señores, por petición del jugador Mats Wilander, el punto se jugará de nuevo”. Los aficionados premiaron con sonoros aplausos el inmenso gesto de deportividad de Wilander.  El punto se repitió y Clerc falló en la devolución, dando, esta vez sí, la victoria a un Wilander que luego acabaría ganando la final aquel año a Guillermo Vilas, alzándose así con su primer Grand Slam.  

El sueco, preguntado sobre qué le dijo al juez de silla, contestó: “Le dije que no podía ganar de aquella manera, que la pelota había sido buena y que deberíamos volver a jugar el punto”. Dorfman aseguraba que estaba convencido de que para él la pelota había sido claramente mala, pero que aceptó la petición de Wilander. “En mis años como juez de silla, nunca había visto un gesto de deportividad como éste”, admitía. Yannick Noah, varios años después confesó que “ese momento en el que Wilander le da la pelota a Clerc es para mí la más bella imagen que ha dejado este deporte en los últimos 30 años”. 

Casos del ajedrez  

En la Copa del Mundo de Ajedrez de 2011 se registró otro histórico caso, cuando el checo David Navara y el ucraniano Alexander Moiseenko se enfrentaron. Fue, durante la tercera ronda, en que Navara ofreció sorpresivamente tablas a su rival en una posición totalmente ganada. Ello no fue un despiste imperdonable, sino que el checo retribuía así un gesto deportivo anterior, luego que unas jugadas antes Navara tocara accidentalmente su rey, siendo su intención muy clara mover un alfil amenazado. Allí, Moiseenko le eximió de la obligación de moverlo como marca el reglamento – “pieza tocada, pieza jugada” -, lo que habría acabado con la derrota inmediata de su oponente.  

La partida prosiguió, desencadenando un final de dama contra torre. El gran maestro checo propuso tablas a su adversario, considerando que no era moralmente adecuado ganar la partida tras lo sucedido. La deportividad fue llevada al límite, enalteciendo por igual a ambos jugadores. Su ejemplo perdurará por siempre, quizá más que algunas de sus sonadas victorias.  

Pero, mucho antes, en 1972, durante la épica confrontación que tuvieron Fisher con Spassky, en Reikiavik, se produjo una inusitada muestra de deportividad, en medio de las grandes tensiones políticas y deportivas de la época, cuando el ajedrecista ruso, impactado por el juego de su adversario, se sumó a los aplausos que el público asistente le prodigó al estadounidense. Su oponente y los asistentes cayeron rendidos ante su ejemplar comportamiento. 

Ante tal gesto, Fisher acotó: “¿Viste lo que hizo? ¡Es un verdadero deportista!” 

Realmente fue una singular muestra del enorme espíritu deportivo de ambos ajedrecistas, a los que nos les importó desafiar la confrontación ideológica que libraban sus países, en plena Guerra Fría. Situaciones como estas corroboran que la deportividad no tiene límites ni obstáculos que no pueda vencer, aun cuando se interponen amenazas o confrontaciones bélicas.  

Casos del atletismo 

Con oportunidad de los Juegos de Melbourne 1956 se produjo otro de los casos más recordados, cuando el corredor Cristopher Brasher fue descalificado después de ganar los 3.000 metros con obstáculos, por haber estorbado a sus adversarios. Paradójicamente, los mismos atletas beneficiados por aquella decisión (Rozsnoi, Larsen y Laufer), protestaron ante los jueces a favor de su contrincante y consiguieron que anulasen su decisión, sacrificando así las medallas que, de otro modo, hubiesen ganado. Ciertamente un enorme gesto. 

Pero, mucho antes, durante los Juegos de Berlín 1936, una de las mayores lecciones de deportividad la protagonizó el alemán Luz Long, cuando después de haber empatado con Jesse Owens en el salto de longitud con 7, 87 metros y tras dos saltos anulados a éste, le aconsejó sobre cómo realizar la carrera de impulso. Finalmente, Owens ganó con un salto de 8,06 metros, luego de lo cual ambos caminaron juntos por la pista ovacionados por 80 mil espectadores. “Tú puedes fundir todas las medallas y trofeos que tengo, dijo Owens tiempo después, “y eso no tendría el mismo valor que los 24 kilates de amistad que sentí en ese momento por Luz Long”.  

Otro de los casos más emblemáticos fue el protagonizado en Río 2016 por la corredora neozelandesa Nikki Hamblin y la estadounidense D’Agostino, durante la prueba de los 5.000 m. El mismo se produjo cuando la neozelandesa tropezó y cayó al suelo, mientras detrás de ella venía su rival estadounidense, quien también llegó a tropezarse con su compañera y caer. En un primer momento, D’Agostino se repuso de la caída y ayudó a Hamblin a levantarse, para luego ambas retomar la carrera, sin embargo la estadounidense sintiendo una molestia en el pie volvió a caer al suelo.  

En aquel momento Hamblin ayudó a su compañera a levantarse y juntas corrieron hasta llegar a la meta. Ambas fueron las últimas, pero los jurados de Río 2016 decidieron recalificarlas para que puedan correr la final. La imagen de ambas abrazadas recorrió el mundo y se convirtió en uno de los mayores testimonios de deportividad y Juego Limpio, tanto que poco después el COI les confirió el respectivo galardón por tal demostración, instituido en 1965.  

Otro acontecimiento relevante y de gran emotividad fue el protagonizado por el atleta británico Derek Redmond junto con su padre, durante la prueba de 400 m. planos de los Juegos de Barcelona 1992, de la cual era uno de sus favoritos. Redmon se desgarró en plena competencia y siguió corriendo con evidentes muestras de dolor, agonía que su padre no pudo soportar, por lo que decidió saltar de las gradas a la pista para ayudar a su hijo a terminar la carrera. Tan singular gesto de deportividad fue ovacionado en el estadio, sin importar que Redmond fuera descalificado de la prueba.   

Igual de relevante fue el gesto de deportividad del atleta vitoriano Iván 

Fernández, que en el año 2012 iba segundo en el cross de Burlada (Navarra), justo por detrás del keniata Abel Mutai. Un despiste de éste hizo que perdiera de vista la meta y se paró unos metros antes de cruzarla. El español, en lugar de adelantarle, le indicó por dónde tenía que seguir corriendo hasta cruzar la meta el primero. Entendió que había liderado toda la prueba y se merecía ganar, marcando así un nuevo e importante hito de deportividad en el atletismo. 

Casos del automovilismo 

Otro de los gestos míticos fue el protagonizado por Ayrton Senna en la sesión de clasificación del circuito de Spa-Francorchamps (Bélgica), en 1992. El coche del francés Éric Comas se salió en una curva y éste se quedó inconsciente en su interior. Se quedó atrapado pisando el acelerador, lo que provocó que el motor se calentara más y corriera el riesgo de incendiarse. Senna fue el único piloto que paró su coche y saltó a la pista para socorrer a Comas. Consiguió apartar su pie del pedal y sujetar su cabeza hasta que llegaron los médicos. 

Con igual relevancia se recuerda la actuación heroica del piloto británico Purley, en el Gran Premio de Holanda Formula 1 de 1973, tras abandonar su auto en plena carrera para rescatar a su rival Williamnson, después que este sufriera un aparatoso accidente. Trató desesperadamente de enderezar el vehículo en llamas y apagar el incendio, e hizo gestos a otros pilotos para que lo ayudaran, pero todo fue en vano y Willamson murió asfixiado. Su gran valentía lo hizo merecedor de la condecoración británica George y de la admiración de todos.  

Todos los testimonios que anteceden y otros que no alcanzamos a mencionar, más allá de enaltecer a sus protagonistas, nos permiten comprender mejor la importancia de la deportividad desde una perspectiva axiológica y humana, y valorar lo importante que son el espíritu deportivo y el respeto por los adversarios. Observar las reglas y ser capaces de vencerse a sí mismo, hace merecedor de igual reconocimiento a los vencedores como a los perdedores..      

Todas las entidades o personas relacionadas con la actividad deportiva deben conceder una prioridad absoluta a la deportividad. La sociedad sólo puede beneficiarse de las ventajas morales y culturales del deporte si la deportividad y la ejemplaridad son la preocupación principal de los dirigentes deportivos y de cuantas entidades y asociaciones tengan relación con el deporte. 

El deporte es mucho más que ganar o perder. Es una actividad noble, cuyos principios y valores son guía para la humanidad.

César Pólit Ycaza ECU

Destacado especialista ecuatoriano en deporte, licenciado en Ciencias Sociales y Políticas, con una amplia trayectoria en gestión y política deportiva. Ha sido presidente de la Federación Ecuatoriana de Voleibol, secretario nacional del Deporte, directivo del Comité Olímpico Ecuatoriano y secretario de la Federación Ecuatoriana de Tenis. Fue director de la Comisión de Eventos de la Confederación Sudamericana de Voleibol y presidente del Panathlon Club Guayaquil. Es autor del libro Estado y Deporte. Amigos y enemigos íntimos y ha participado activamente en la elaboración de leyes deportivas, promoviendo la ética, la transparencia y el desarrollo institucional.

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