Por Héctor Jesús Pérez Hernández MEX
Hablar de vacaciones escolares suele asociarse a la idea de descanso, recreación, desconexión de las obligaciones académicas y tiempo libre para niñas, niños y adolescentes. Y si bien es cierto que el receso escolar representa una pausa legítima y necesaria para el bienestar emocional, físico y social del estudiantado, también es un momento que merece una revisión crítica, sobre todo cuando observamos con detenimiento las realidades corporales que emergen en ese tiempo fuera de las aulas. Desde el campo de la Educación Física, es urgente reflexionar sobre lo que implica este periodo en términos de actividad motriz, estilos de vida, desigualdades sociales y el papel que jugamos las y los docentes frente a ello.
Durante el calendario escolar, la clase de Educación Física representa uno de los pocos espacios institucionales destinados a promover el movimiento con sentido formativo. En un contexto donde muchas infancias viven cotidianamente atrapadas entre pantallas, tareas sedentarias y entornos urbanos poco estimulantes, nuestras sesiones son ventanas de posibilidad para el juego libre, la exploración corporal, la socialización y el desarrollo motriz. Sin embargo, cuando llega el receso vacacional, se desdibuja esa estructura mínima que aseguraba —al menos por obligación curricular— el contacto regular con la motricidad. Y entonces, el periodo de descanso se convierte en muchos casos en una etapa de inmovilización, desregulación del ritmo de vida, consumo excesivo de tecnologías y aumento de prácticas físicas inadecuadas o inexistentes.
Esto no es menor, el cuerpo no entra en “vacaciones”, sigue siendo un territorio de construcción simbólica, un espacio de expresión, de afecto, de subjetividad, y lo que sucede con él en las vacaciones también impacta en el desarrollo del estudiantado. En este sentido, la Educación Física no puede ser pensada solo desde el calendario escolar, como si su impacto se suspendiera con el timbre del último día de clases. Por el contrario, es necesario comprender que nuestra intervención docente debe estar articulada a un horizonte más amplio, que considere la continuidad de los procesos formativos durante los periodos no lectivos, en diálogo con las familias, las comunidades y las instituciones sociales.
Aquí es donde surgen nuestras obligaciones profesionales y compromisos éticos: no para sobrecargar de tareas físicas a estudiantes en sus vacaciones, sino para pensar estrategias que favorezcan la autonomía, el disfrute activo, la conciencia corporal y el autocuidado fuera del marco escolar. Desde nuestra función, podemos —y debemos— generar orientaciones para las familias, diseñar proyectos que fomenten la actividad física en el entorno inmediato, promover hábitos saludables y, sobre todo, reconocer las condiciones materiales y culturales de cada contexto. No se trata de imponer, sino de acompañar a las comunidades escolares en la construcción de una vida activa, más allá de la clase formal.
Además, esta reflexión nos invita también a cuestionar el desequilibrio en la distribución de las oportunidades de movimiento durante las vacaciones, mientras algunas infancias acceden a cursos de verano, campamentos deportivos, viajes recreativos o espacios seguros para el juego, otras enfrentan la precariedad, la inseguridad o el confinamiento forzado en sus hogares. Es ahí donde el derecho al movimiento se convierte en una bandera de justicia social, y donde la Educación Física, lejos de ser un lujo, se posiciona como un campo indispensable para garantizar ese derecho en igualdad de condiciones.
Ahora bien, si hablamos de derechos, es crucial no olvidar que las y los docentes de Educación Física también tenemos derecho al descanso, al cuidado personal, a la desconexión profesional y a la recuperación física y emocional. Porque enseñar con el cuerpo, desde el cuerpo y para el cuerpo implica un desgaste particular que muchas veces no se reconoce. Si queremos ser agentes de transformación motriz, necesitamos también cuidar nuestra propia energía vital, recuperar nuestro equilibrio y repensar nuestra práctica con serenidad.
Las vacaciones, entonces, deben ser también un tiempo de reflexión pedagógica y renovación profesional, un periodo donde podamos formarnos, leer, descansar, crear, y pensar nuevas formas de habitar la clase, pero esto no puede ser una imposición institucional ni una exigencia permanente, el compromiso profesional no debe confundirse con el sacrificio continuo, nuestras obligaciones con la niñez y adolescencia van de la mano con la defensa de nuestros propios derechos laborales, de nuestros tiempos de ocio, y de nuestra dignidad como trabajadores y trabajadoras de la educación.
Por lo que, pensar la Educación Física en el contexto de las vacaciones escolares implica asumir una mirada crítica, comprometida y sensible con la realidad de nuestras y nuestros estudiantes, es comprender que el cuerpo no se apaga con el cierre del ciclo escolar, y que nuestra labor no se limita a lo que sucede entre muros y horarios oficiales, pero también es reconocer que el descanso no es un privilegio, sino una necesidad legítima —para estudiantes y docentes—, y que sólo desde el equilibrio entre compromiso y autocuidado podremos seguir construyendo una Educación Física significativa, ética e inclusiva.
Síntesis curricular Héctor Jesús Pérez Hernández es Licenciado en Educación Física, con maestría en Desarrollo de la Motricidad Infantil y candidato a Doctor en Investigación Educativa. Es catedrático de la BENV, miembro de diversas redes de investigación, ha recibido premios por su labor, ha publicado en revistas indexadas y es autor de proyectos educativos destacados.
