Para no olvidar una de las tragedias naturales más grandes en la historia
que se pudo evitar.
Luis Felipe Contecha Carrillo
El escrito de este mes, pretende preservar la memoria para no olvidar una tragedia que pudo ser evitada en Colombia.
Si bien el Deporte no descansa, es también lógico que, sin seres humanos no hay deporte, pues eso sucedió en una región de Colombia y no debe volver a ocurrir
Para el día 13 de noviembre de 1985, Armero, un municipio del norte del departamento del Tolima en Colombia, contaba con 31.814 habitantes, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas.
Pues bien, el 13 de noviembre de 1985, tras 69 años de inactividad el volcán Nevado del Ruiz, hizo erupción. A pesar de las múltiples advertencias los pobladores no evacuaron y fueron arrasadas aproximadamente 25.000 vidas humanas y todo un pueblo.

Foto del periódico El Tiempo.
He querido apoyarme en un relato, el de una sobreviviente, Piedad Constanza Ciro Basto, bacterióloga que son sus propias palabras tituló:
VOCES BAJO EL LODO
Llegué a Armero en noviembre, un año antes de la tragedia. Era un pueblo pujante en el comercio y en el desarrollo agropecuario, de gente amable y trabajadora. Vi en él un futuro prometedor para establecer un laboratorio clínico, pues solo existía uno particular. Por eso, con otra amiga y apoyadas por nuestras familias, quisimos crear el nuestro.
Gracias a una amiga bacterióloga, que me despertó y me pidió ayuda para procesar unas muestras, llegué esa noche al hospital. Un médico amigo me dijo que nos fuéramos para Ibagué porque se había venido la avalancha, pero yo no entendía la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Cuando de repente hubo un apagón y vi luces, explosiones… fue entonces cuando mi amiga y yo corrimos al segundo piso del hospital y nos quedamos en un rincón, agachadas, mientras el lodo llegaba hasta las ventanas.
Ese hecho, sin saberlo, me salvó la vida. Yo había quedado también en apoyar a la Cruz Roja, tomando muestras de agua debido a la gran cantidad de residuos y cenizas que estaban afectando la calidad del líquido, para enviarlas a un laboratorio donde realizarían los análisis químicos correspondientes. Por eso creo que ni la Cruz Roja ni Colombia comprendían la magnitud del desastre que se avecinaba, el más grande de la historia de nuestro país y uno de los peores del mundo.
Dentro del hospital, las personas gritaban desesperadas pidiendo ayuda, y no podíamos hacer nada. No había herramientas, ni siquiera un taladro para abrir un hueco y sacarlas del segundo piso. Las escaleras estaban llenas de barro. Solo podíamos escuchar los golpes con una piedra, que poco a poco se iban apagando.
Eso es la verdadera impotencia: tener las manos, el conocimiento y el corazón dispuestos a ayudar, pero no tener los medios para hacerlo. Vivir ese momento fue entender que, por más que uno tenga preparación o deseos de servir, hay situaciones que superan toda capacidad humana.
Como Omaira, fueron muchos los que vivieron esa misma angustia. Algunos lograron salvarse, otros quedaron atrapados sin que nadie pudiera socorrerlos. Yo sobreviví, pero junto a mí murieron más de 25.000 personas. Y aún hoy, tantos años después, sus voces siguen resonando bajo el lodo, recordándonos la fragilidad de la vida y la necesidad de estar siempre preparados, como país y como seres humanos, para cuidar lo más valioso: la vida misma.
Yo viví la tragedia de Armero. Y aunque el tiempo ha pasado, cada recuerdo sigue siendo una herida abierta, pero también un compromiso: el de no olvidar, el de contar lo que vivimos, y el de creer que la memoria puede evitar que algo así vuelva a repetirse.
En memoria de las víctimas de Armero, noviembre de 1985.
Que su voz siga viva en cada recuerdo

Luis Felipe Contecha Carrillo
Es Doctor en Ciencias de la Educación. Maestro en Administración del Tecnológico de Monterrey. Licenciado en Educación Física. Especialista en Gestión y Dirección del Deporte. Profesor de la Universidad del Tolima. Miembro de la Academia de Historia del Departamento del Tolima. Director del Centro Universitario de Estudios e Investigación Olímpicos de la Universidad del Tolima. Vicepresidente de la Academia Olímpica Colombiana. Autor de libros y de Artículos Científicos. Dirección de trabajos de grado en Pregrado, Maestrías y Doctorados. Destacado especialista en educación física y deporte, reconocido por su sólida preparación académica, influyentes publicaciones y significativos logros profesionales. Profesionalmente, ha sido un dedicado docente universitario, formando a futuras generaciones. Su rol como consultor en salud pública, ha promovido la actividad física para el bienestar colectivo. Su trayectoria lo posiciona como una figura clave en el ámbito deportivo y educativo de Colombia.
