Del banquillo al sistema: reflexiones sobre la formación de entrenadores

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Por Paola Guzmán 

Esta vez quiero profundizar en un tema que suele pasar desapercibido. Todos vemos a los entrenadores en el banquillo durante los partidos de futbol, pero —incluida yo antes de llegar a trabajar a la Federación Mexicana de Futbol— desconocía que para dirigir a nivel profesional se requiere una formación específica y certificaciones obligatorias.

Es un tema que históricamente ha generado debates y opiniones encontradas. Existe la creencia de que el paso natural de un jugador profesional es convertirse en entrenador. Muchos lo intentan, pero no todos logran consolidarse. La razón es simple, aunque no siempre evidente: no es lo mismo ejecutar el futbol que liderar un equipo. Saber jugar no garantiza saber enseñar, comunicar, planear, sostener procesos ni gestionar personas. Ocurre algo similar a lo que pasa con ciertos maestros brillantes en lo académico, pero con dificultades para transmitir su conocimiento.

En México, aunque en los últimos años se han hecho ajustes para acercarse a modelos como el de la UEFA, la formación de entrenadores se estructura a través de licencias que van de la D a la Pro. El contenido se centra principalmente en la parte técnica del futbol: sistemas de juego, táctica y análisis del deporte. Se estudia también la preparación física, entendiendo el comportamiento del cuerpo, la gestión de cargas y la planificación de entrenamientos de acuerdo con los objetivos competitivos, que suelen abarcar ciclos largos como una temporada completa.

A ello se suman materias como comunicación, reglas de juego y psicología del deporte. Con el tiempo, se han incorporado especializaciones en análisis de juego, táctica o entrenamiento de porteros, entre otras. Sin duda, hay avances, pero también preguntas de fondo.

El esquema que yo conocí constaba de dos años de estudio, divididos en cuatro módulos, iniciando desde las etapas tempranas hasta llegar al futbol profesional. Hoy, la lógica de progresión se mantiene, aunque con temporalidades más cortas y con procesos de recertificación, lo cual considero un acierto.

Sin embargo, al revisar la estructura actual, surgen inquietudes legítimas. Por ejemplo, la licencia D —dirigida a edades tempranas— tiene una duración de 20 horas (contiene como requisito la parte práctica). Y aquí aparece una pregunta incómoda pero necesaria: ¿es suficiente ese tiempo para comprender las fases sensibles del desarrollo infantil, la psicología de los niños y la responsabilidad que implica conducir un equipo, aunque sea desde una perspectiva lúdica?

En contextos donde el deporte está integrado al sistema educativo y existe un seguimiento real del desarrollo infantil, podría parecer lógico que la formación específica fuera breve. Pero en un país como México, con grandes vacíos en la formación deportiva de base, esta ligereza resulta, cuando menos, arriesgada. Curiosamente, algo similar ocurre en la educación básica: quienes deberían estar mejor preparados y mejor remunerados tendrían que estar en la base.

Si trasladamos la reflexión al futbol profesional, la exigencia se multiplica. Además del conocimiento técnico, se requiere un liderazgo profundo: humano, equilibrado y firme, en un entorno donde la presión por los resultados es constante. Tal vez por ello vemos una rotación permanente de entrenadores torneo tras torneo.

Hay un dato reciente que invita seriamente a la reflexión: en la Liga MX, de 18 equipos, solo tres entrenadores son nacidos en México. El resto proviene, principalmente, de Argentina y España. La pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que en un país tan futbolero y con una afición tan numerosa, la dirección técnica del máximo circuito esté tan poco representada por talento nacional?

Las respuestas no son simples. Esta situación no es responsabilidad exclusiva del futbol, aunque sí le corresponde una parte fundamental. Involucra al sistema deportivo en su conjunto y a la manera en que entendemos la formación. El futbol es un vehículo poderoso de educación y desarrollo humano. Sin embargo, la formación de entrenadores parece no ser lo suficientemente sólida para compensar las carencias estructurales del sistema, y la escasa presencia de técnicos mexicanos en el alto rendimiento es una consecuencia visible de ello.

Para cerrar, comparto un último dato que no sorprende, pero sí interpela: entre diciembre de 2025 y enero de 2026, la selección mexicana descendió un puesto en el ranking FIFA. Si colocamos la formación de entrenadores como un eje central del desarrollo futbolístico de un país, este tipo de resultados se vuelve comprensible.

Que no dejemos de reflexionar. Es futbol, sí, pero como tantas veces, se parece mucho a la vida misma.

Paola Guzmán Camacho

Apasionada del futbol y de la gestión deportiva, Paola combina una sólida formación académica en Administración, Alta Dirección y Neuromarketing con más de dos décadas de experiencia en el ámbito educativo y deportivo. Es especialista en gestión deportiva con más de 20 años de experiencia en educación y futbol profesional. Fue Gerente General del Sistema Nacional de Capacitación de la Federación Mexicana de Futbol, donde impulsó procesos de formación de entrenadores y proyectos innovadores como el curso en línea para directores técnicos. Ha ocupado puestos directivos en fundaciones y equipos de la Liga Premier, combinando operaciones, planeación y relaciones públicas. Actualmente estudia una Maestría en Neuromarketing y escribe sobre futbol con una visión que mezcla estrategia, gestión y pasión por el deporte.

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