
Por Edgar Enrique Suárez Nava
Mover el cuerpo es una decisión neurológica, no solo muscular. Cada salto, cada golpe rítmico, cada respiración acelerada es un mensaje directo al cerebro: estamos vivos, atentos, presentes. La actividad física no fortalece únicamente músculos; despierta redes neuronales, regula emociones y reescribe la manera en que pensamos y sentimos.
La neurociencia lo confirma: cuando el cuerpo se mueve, el cerebro se ordena. El movimiento libera dopamina, serotonina y endorfinas, sustancias que no solo mejoran el estado de ánimo, sino que preparan a la mente para aprender, crear y resistir. Un cuerpo activo es una mente con mayor claridad, memoria y capacidad de autorregulación emocional.
Desde la educación física sabemos que el movimiento es lenguaje. A través del ritmo, el esfuerzo y la coordinación, el cerebro encuentra sentido, seguridad y motivación. La actividad física no es un escape de la mente; es su alimento. Donde hay movimiento hay emoción, y donde hay emoción, la mente se expande.
Negar el movimiento es silenciar al cerebro. Activar el cuerpo es encender la mente. Educar, entrenar y vivir sin actividad física es pensar a medias. Porque cuando el cuerpo se mueve, la mente despierta.
