La pelota… si se mancha

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Por Rafael Cortés MEX  

La violencia que convierte al fútbol en tragedia 

El pasado miércoles 20 de agosto, Independiente y Universidad de Chile disputaban el partido de vuelta por los octavos de final de la Copa Sudamericana, uno de los torneos de clubes más prestigiosos del continente. Pero la nota no estuvo en el césped, sino en las tribunas. 

A los pocos minutos de iniciado el segundo tiempo, la violencia se adueñó del espectáculo: aficionados del club argentino agredieron a la hinchada visitante. Lo que siguió fueron imágenes desoladoras: familias aterradas, niños golpeados hasta perder el conocimiento, aficionados obligados a lanzarse al vacío y visitantes brutalmente humillados por la barra local. 

No fue un caso aislado. La historia del fútbol carga con cicatrices similares: 

Hillsborough en 1989, Querétaro en 2022, la final de la Libertadores en 2018, Port Said en Egipto 2012. Tragedias que parecieran sacadas de la película de terror más cruel, donde la pasión mal entendida se convierte en un monstruo que devora al propio deporte. 

Es doloroso aceptar que el juego más popular y hermoso del planeta se vea constantemente manchado por la estupidez humana, por grupos incapaces de concebir que al final del día esto no es más que un juego. Ningún resultado, ningún gol, justifica que otra persona pierda la vida o quede marcada de por vida. 

Lo verdaderamente preocupante es la certeza de que volverá a suceder. La pregunta no es si habrá otra tragedia, sino cuándo y dónde. Se han condenado estas acciones durante años, se han impuesto multas, vetos, expulsiones y sanciones “ejemplares”. Sin embargo, una y otra vez, la violencia regresa, disfrazada de amor al equipo, pero sostenida por odio irracional. 

Algunos países ya pasaron por este mismo infierno. Inglaterra, tras la tragedia de Hillsborough, emprendió reformas durísimas en seguridad, infraestructura y cultura de estadio. Hoy, la violencia en sus gradas se redujo drásticamente. En cambio, en gran parte de Latinoamérica, las medidas suelen quedarse en castigos temporales o sanciones económicas que no cambian la raíz del problema. Mientras tanto, el círculo vicioso se repite: tragedia, condena pública, sanción… y luego, olvido. 

Los que realmente amamos este deporte sentimos impotencia, rabia y un miedo difícil de ocultar. Miedo de pensar que al acudir a un estadio para alentar al equipo de nuestros amores estamos, al mismo tiempo, exponiendo a quienes más queremos. Y eso no debería ocurrir jamás. 

Hoy queda esperar las sanciones que se impondrán, probablemente “ejemplares”, como tantas otras veces en las que se busca enviar un mensaje de justicia y garantizar un ambiente familiar. Pero si la historia nos ha enseñado algo, es que las sanciones no bastan cuando el problema está enraizado en la cultura del aficionado. 

Entonces, ¿qué estamos dispuestos a hacer como hinchas? ¿Seguiremos aceptando que la violencia sea parte del espectáculo o exigiremos un cambio real para que nuestros hijos puedan ir al estadio sin miedo? 

La pelota se mancha cada vez que estas escenas se repiten. Y la verdadera lección no está en la sanción que dicten las autoridades, sino en lo que hagamos como aficionados. Porque el día que normalicemos estas imágenes, el fútbol dejará de ser un juego… y se convertirá en un recordatorio brutal de nuestra peor cara. Conocemos la historia, esta en nosotros no repetirla.

Rafael Guillermo Cortez Menez

Egresado de la carrera de Derecho y actualmente estudio la Maestría en Periodismo Deportivo. Soy un amante del deporte y creo en su poder para contar historias que inspiran, cuestionan y unen. Busco combinar el análisis y la pasión para comunicar el deporte con profundidad, claridad y respeto por quienes lo hacen posible.

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