
Por Edgar Enrique Suárez Nava
La educación física no empieza en los músculos ni termina en el sudor. Empieza en la emoción y despierta en la conciencia. Reducirla a correr, saltar o cansarse es no haber entendido nada: el verdadero movimiento ocurre cuando el niño se descubre capaz, cuando el ritmo ordena su caos interno y el cuerpo se convierte en voz.
Una educación física transformadora no entrena cuerpos dóciles, despierta seres sensibles. Cada golpe rítmico, cada coordinación lograda, cada juego compartido construye identidad, regula emociones y enseña a convivir sin palabras. El cuerpo piensa, recuerda y decide antes que la mente lo explique.
Ir más allá del movimiento es comprender que educar físicamente es educar para la vida. Es formar niños que se escuchan, que se respetan y que habitan su cuerpo con seguridad y alegría. Cuando la educación física transforma, el aula respira, la infancia se fortalece y el aprendizaje, por fin, encuentra ritmo.
