Norma González y Olivia Manzo
En los últimos Juegos Olímpicos de París 2024, el mundo volvió a celebrar el espíritu del deporte. Sin embargo, mientras Estados Unidos encabezaba el medallero con 126 preseas y China y Japón ocupaban los lugares siguientes, América Latina permanecía lejos del podio global. Brasil, el país latinoamericano mejor posicionado, se situó en el vigésimo lugar con 20 medallas.
Esta diferencia no es casualidad: refleja una desigualdad estructural en los recursos, el apoyo institucional y las oportunidades que tienen nuestros atletas. Más allá del talento y la pasión, el camino hacia la élite deportiva está lleno de obstáculos que pocas veces se ven en la pantalla.
El camino a la cima y la Pirámide de Maslow
Convertirse en un atleta de alto rendimiento no solo exige disciplina y sacrificio: requiere también satisfacer las necesidades humanas más básicas, desde las fisiológicas hasta las de autorrealización. La Pirámide de Maslow nos ofrece un marco útil para entender este proceso.
En la base están las necesidades fisiológicas: alimentación, descanso y salud. Muchos deportistas latinoamericanos provienen de entornos con limitaciones económicas que les impiden acceder a una buena nutrición o a instalaciones adecuadas para entrenar. Sin esa base, el rendimiento físico se resiente.
El siguiente nivel, la seguridad, incluye la estabilidad económica, el acceso a servicios médicos, la protección ante el abuso y la certeza de que su carrera no dependerá de favores políticos. Sin embargo, la realidad muestra lo contrario: muchos atletas viven bajo la incertidumbre del financiamiento o el miedo a represalias si denuncian abusos. Casos como el escándalo de la federación de gimnasia de Estados Unidos con Larry Nassar son un recordatorio brutal de lo que ocurre cuando se descuida este ámbito.
En las necesidades sociales, el sentido de pertenencia a un equipo o comunidad deportiva resulta vital. El deporte no es solo competencia: es identidad, apoyo emocional y solidaridad. Un atleta aislado, sin respaldo de su entorno, es más vulnerable ante el fracaso o la frustración.
El cuarto nivel, la estima o reconocimiento, es igualmente crucial. Los deportistas necesitan sentirse valorados, no solo cuando ganan, sino también cuando pierden. El reconocimiento fortalece su autoestima y les da la motivación para seguir adelante. En cambio, la falta de apoyo puede derivar en ansiedad, desmotivación o incluso en el abandono del deporte.
En la cúspide, la autorrealización representa la plenitud personal que llega cuando el atleta alcanza su máximo potencial. Para muchos, competir en los Juegos Olímpicos o simplemente representar a su país es la mayor recompensa. Sin embargo, alcanzar ese punto no garantiza estabilidad futura: la gloria deportiva es efímera si no se acompaña de políticas de apoyo a largo plazo.
Derechos y libertades: un paso adelante
Un avance reciente en materia de derechos de los atletas fue la modificación de la Regla 40 de la Carta Olímpica, tras una demanda interpuesta por deportistas alemanes. El fallo permitió mayor libertad para usar su imagen y obtener ingresos publicitarios durante los Juegos Olímpicos, reconociendo que quienes dan vida al espectáculo deportivo deben beneficiarse de él.
Este cambio es más que un detalle técnico: representa un reconocimiento a la autonomía y dignidad del atleta como profesional, no solo como “embajador” del olimpismo.
Los nuevos retos del deporte moderno
Más allá de los entrenamientos y competencias, los atletas de alto rendimiento enfrentan una serie de desafíos psicológicos, sociales, físicos y económicos que amenazan su bienestar integral.
1. La presión invisible
La exigencia por rendir siempre al máximo puede ser devastadora. La gimnasta Simone Biles, al retirarse temporalmente en Tokio, puso sobre la mesa la importancia de la salud mental en el deporte. Su decisión rompió tabúes y demostró que la fortaleza no solo se mide en medallas, sino también en la capacidad de poner límites.
2. Las demandas físicas
Lesiones como las que llevaron a Andy Murray al borde del retiro o los efectos del envejecimiento natural recuerdan que el cuerpo tiene un límite. Cada golpe, salto o entrenamiento extremo deja huellas que muchas veces no se curan del todo.
3. Los sacrificios personales
La vida deportiva exige renuncias: a la familia, a los estudios, a la maternidad. La mexicana Soraya Jiménez, primera mujer en ganar una medalla de oro olímpica para México, es símbolo del sacrificio total por la gloria deportiva, pero también del vacío que puede dejar el retiro precoz.
4. La vida después del deporte
No todos logran adaptarse al retiro. Algunos, como Michael Phelps, enfrentaron depresión al terminar su carrera; otros, como Felipe Muñoz, encontraron un camino en la administración y política deportiva. La diferencia radica en el acompañamiento y las oportunidades disponibles al concluir la etapa competitiva.
5. Las trampas del dinero y la fama
El éxito económico tampoco garantiza estabilidad. Mike Tyson, que ganó más de 300 millones de dólares, terminó en bancarrota. Diego Maradona, acosado por la fama y la presión mediática, vivió una vida de excesos y soledad. La fama puede ser tan destructiva como las derrotas.
América Latina y la deuda con sus atletas
La desigualdad no solo se mide en medallas, sino en oportunidades. En México, por ejemplo, más del 36% de la población vive en situación de pobreza, lo que limita el acceso a programas deportivos de calidad. El talento existe, pero las condiciones no. Mientras países como España y Ecuador cuentan con programas de transición y apoyo post-carrera, México carece de estructuras que acompañen al deportista cuando deja de competir. El resultado: medallistas olvidados, entrenadores subvalorados y una generación de jóvenes que ve el deporte como un sueño inalcanzable.
Hacia un modelo integral
El modelo SPLISS (Sports Policy Factors Leading to International Sporting Success) ofrece una guía para entender por qué unos países tienen más éxito deportivo que otros. Plantea nueve pilares fundamentales: financiamiento, estructura institucional, detección de talentos, apoyo durante y después de la carrera, desarrollo de entrenadores, infraestructura, participación deportiva, competiciones y ciencia aplicada al deporte.
Implementar un modelo así en América Latina implicaría una revolución en la forma de entender el deporte: no como privilegio, sino como una política pública de desarrollo humano.
Conclusión: la dignidad del atleta
El deporte de alto rendimiento no puede seguir siendo un lujo reservado a quienes nacen con recursos. Es momento de que gobiernos, federaciones y empresas asuman su responsabilidad social: brindar apoyo psicológico, financiero y educativo a los atletas, antes, durante y después de su carrera.
Porque detrás de cada medalla hay una historia de sacrificio, y detrás de cada retiro, una vida que necesita ser acompañada.
Solo así, algún día, los países de América Latina podrán mirar el medallero olímpico no con resignación, sino con orgullo.
