Mundial 2026 y procesos

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Por Paola Guzman Camacho

Para cerrar el año, quiero despedirme compartiendo un poco de información sobre un evento de enorme relevancia que tendrá lugar en México el próximo año. Para muchas personas puede no parecer importante: porque no les gusta el futbol, porque los boletos resultan inaccesibles para la mayoría, o por cualquier otra razón válida. A esto se suma que, como suele suceder, el tema se politiza y cada quien emite su opinión desde su propia trinchera. Lo cierto es que, nos guste o no, se trata de un acontecimiento significativo para el país.

Solo por poner un poco de contexto, se estima la llegada de más de cinco millones de visitantes, una derrama económica superior a los tres mil millones de dólares, la generación de alrededor de veinticuatro mil empleos directos y una expectativa alta de que las mejoras en infraestructura y servicios en los estados sede se concreten en tiempo y forma. Esa es la parte visible, la que suele ocupar titulares.

Ahora bien, quiero detenerme en un aspecto que casi no se discute y que, tanto en el futbol como en la vida, merece una reflexión más profunda: los procesos. Tuve la fortuna de participar en un área muy específica durante la preparación de un Mundial Sub-17 en el que México fue sede y campeón. Para mí era un terreno completamente desconocido y mi participación fue dentro de la Comisión de Árbitros. Me integré al proceso tres semanas antes del inicio del evento, y fue suficiente para constatar la magnitud de detalles, la organización profunda y la claridad de los procesos que requiere una competencia de esta naturaleza.

Resulta impresionante observar a equipos multidisciplinarios y multirraciales, cada uno enfocado en su especialidad, respetando la del otro e integrando todo lo necesario para ofrecer un evento a la altura de lo esperado. La meticulosidad en la logística, las designaciones de personal, la forma en que se gestionan los cambios y se identifican los riesgos es, sin duda, ejemplar. Pero desde mi perspectiva, uno de los puntos más relevantes es el papel del país sede: recibir a quienes nos visitan, facilitar su trabajo, brindar hospitalidad, ofrecer contexto y, sobre todo, aprender de las prácticas que se implementan en estos eventos.

Y hablo solo de una parte del engranaje. En el núcleo de la organización se concentran verdaderos profesionales que, con pasión y un alto sentido de responsabilidad, asumen el compromiso de que todos los involucrados vivan la mejor experiencia posible. Nada ocurre por casualidad; todo responde a procesos definidos, probados y ejecutados con precisión.

Cuando hablamos de procesos —una palabra muy utilizada pero poco llevada a la práctica— entendemos que nada funciona sin ellos. En el plano deportivo ocurre lo mismo: se habla del proceso de los jugadores, de los equipos, de las selecciones. Sin embargo, en nuestro país rara vez nos detenemos a definirlos con cuidado y consciencia. En muchos casos se mencionan sin claridad sobre su punto de partida o su objetivo final, y esa falta de definición termina reflejándose en la recurrente decepción de la afición.

Esta no es una reflexión pesimista. Al contrario. Si una parte de esos veinticuatro mil empleos que se generan logra fortalecer su especialidad, aprender y transmitir ese conocimiento, ya es una ganancia, aunque la consolidación tome años. En términos de gestión deportiva, el Mundial representa una oportunidad extraordinaria para el país, una que difícilmente se repite y que, estoy convencida, puede ser bien aprovechada.

También es una nueva oportunidad para los directivos del futbol mexicano de revisar qué se ha hecho bien y qué requiere ajustes. Cada cuatro años reaparece la frustración por el famoso quinto partido, y la responsabilidad es enorme. La afición y el país merecen un equipo que compita al más alto nivel. La pregunta de fondo es si se logrará encontrar un equilibrio real entre el beneficio económico y el rendimiento deportivo, y si los procesos necesarios para obtener resultados distintos en la selección mayor están verdaderamente en marcha.

Del lado de los gobiernos, sería interesante ver si estarán a la altura de un evento de esta magnitud más allá de la foto y los reflectores. Si existe un entendimiento real del trabajo que implica formar jugadores capaces de llegar a un Mundial y de todo lo que hay detrás de la competencia deportiva más importante del futbol.

Ojalá que los procesos evolucionen, no solo en el futbol, sino en cada uno de los ámbitos de nuestra vida. Que el 2026 nos encuentre con más consciencia, mejores estructuras y, sobre todo, con oportunidades bien aprovechadas y momentos valiosos por vivir.

Paola Guzmán Camacho

Apasionada del futbol y de la gestión deportiva, Paola combina una sólida formación académica en Administración, Alta Dirección y Neuromarketing con más de dos décadas de experiencia en el ámbito educativo y deportivo. Es especialista en gestión deportiva con más de 20 años de experiencia en educación y futbol profesional. Fue Gerente General del Sistema Nacional de Capacitación de la Federación Mexicana de Futbol, donde impulsó procesos de formación de entrenadores y proyectos innovadores como el curso en línea para directores técnicos. Ha ocupado puestos directivos en fundaciones y equipos de la Liga Premier, combinando operaciones, planeación y relaciones públicas. Actualmente estudia una Maestría en Neuromarketing y escribe sobre futbol con una visión que mezcla estrategia, gestión y pasión por el deporte.

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