Por Héctor Jesús Pérez Hernández
En nuestra profesión, se habla constantemente de la importancia de leer, de estar al día, de participar en cursos, diplomados o congresos, se insiste en la necesidad de conocer las nuevas tendencias pedagógicas, los enfoques innovadores y los cambios curriculares, y, en efecto, la actualización permanente es indispensable para responder a los desafíos de la educación contemporánea. Pero surge una pregunta ineludible: ¿de qué sirve leer y actualizarse si ese conocimiento no se traduce en la práctica diaria con nuestros estudiantes? ¿De qué sirve acumular teoría si seguimos replicando rutinas tradicionales, reproduciendo prácticas mecánicas o limitándonos a una visión reduccionista de la educación física?
La actualización que no se aplica termina siendo simulación, se convierte en un capital individual que no impacta ni transforma los procesos de enseñanza, en el marco de la Nueva Escuela Mexicana, esta incongruencia es especialmente grave, porque los principios de inclusión, pensamiento crítico, vida saludable y cultura de paz demandan docentes que sean capaces de aterrizar el discurso en experiencias vivas, significativas y transformadoras. Leer sin aplicar, actualizarse sin compartir, es un acto de omisión que afecta directamente a quienes más lo necesitan: los estudiantes y la comunidad escolar.
Las implicaciones de este desafío son claras: la actualización no es un fin en sí mismo, sino un medio para transformar la práctica docente, por lo que debe reflejarse en la planeación de sesiones motrices, en el diseño de experiencias lúdicas, en la evaluación formativa y en la promoción de la conciencia motriz, pero también, implica reconocer que nuestro deber no se limita al aula o a la cancha: como profesionales, estamos llamados a brindar un servicio de acompañamiento a otros docentes, particularmente a quienes se encuentran bajo nuestra coordinación o colaboración, para que comprendan, asuman y apliquen el plan de estudios vigente en educación física. Actualizarse sin compartir es fragmentar el sentido comunitario de nuestra profesión.
En este sentido, nuestros compromisos van más allá de la autoformación, nos comprometemos a ser mediadores de la innovación, a generar puentes entre la teoría y la práctica, y apoyar a nuestros colegas en la apropiación de los enfoques y metodologías actuales, No basta con que uno o dos docentes conozcan las reformas: el compromiso ético es colectivo, si tenemos un cargo de coordinación, asesoría o acompañamiento, debemos asumirlo con responsabilidad, generando espacios de diálogo, reflexión y co-construcción que fortalezcan la aplicación del currículo.
Las obligaciones que de aquí derivan son contundentes: planificar con intencionalidad, innovar con fundamento, evaluar con sentido pedagógico, y a la vez, orientar y acompañar a otros docentes para que la actualización no se quede en la superficie, tenemos la obligación de compartir lo aprendido, de traducir los documentos oficiales en estrategias prácticas y de generar claridad sobre el plan de estudios vigente, nuestra función no es solo aplicar, sino también socializar el conocimiento y garantizar que la educación física avance de manera colectiva.
Ahora bien, estas responsabilidades no pueden invisibilizar nuestros derechos como profesionales, ya que tenemos derecho a recibir formación continua de calidad y pertinente; derecho a contar con el tiempo, los espacios y los recursos para compartir y acompañar; derecho a que nuestro papel de mediadores y formadores de colegas sea reconocido y respaldado institucionalmente; y derecho a ejercer la libertad pedagógica con responsabilidad, siempre dentro del marco curricular.
Para finalizar, leer y actualizarse es una condición necesaria, pero no suficiente, el verdadero valor de la actualización radica en su aplicación práctica con el estudiantado y en su capacidad de convertirse en un servicio compartido con otros docentes. La educación física no puede permitirse la incongruencia entre discurso y práctica, nuestro papel, en este ciclo histórico marcado por la Nueva Escuela Mexicana, es ser agentes de transformación dentro y fuera de la cancha, con nuestros alumnos y con nuestros colegas, porque el conocimiento que no se aplica se pierde, pero el que se comparte y se vive, se convierte en un motor de cambio colectivo.

Héctor Jesús Pérez Hernández
Licenciado en Educación Física, con maestría en Desarrollo de la Motricidad Infantil y candidato a Doctor en Investigación Educativa. Es catedrático de la BENV, miembro de diversas redes de investigación, ha recibido premios por su labor, ha publicado en revistas indexadas y es autor de proyectos educativos destacados.
