El oro más valioso: un deporte sin violencia

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Por Azul Almazán MEX

Durante años, el deporte ha cargado con una herida silenciosa: la violencia que no siempre se ve, que no siempre se denuncia, pero que destruye. Se han creado leyes, protocolos y campañas, pero la mayoría reaccionan cuando el daño ya ocurrió. Esperamos a que la transgresión aparezca para encender las alarmas, y ese es el error que no podemos seguir cometiendo. La raíz del problema no está en la transgresión misma, sino mucho más atrás, en la conducta cotidiana, en esos comportamientos que parecen pequeños o incluso normales, pero que al repetirse se convierten en violencia. Ahí es donde tenemos que actuar si queremos un cambio verdadero.

Eliminar la violencia en el deporte no significa perseguir culpables en una cacería interminable ni levantar guerras de acusaciones. Significa crear entornos sanos y seguros, donde la salud mental sea prioridad y donde la conducta esté regulada y unificada para todos. Un entorno seguro no es solamente una instalación limpia o un equipo en buen estado; es un espacio de convivencia protegida donde el respeto y la dignidad sean reglas y no excepciones, y donde no dependa de la suerte haber tenido un buen entrenador, sino de estructuras claras que resguarden a cada persona.

Si realmente queremos transformar el deporte, debemos atrevernos a mirar más atrás de la transgresión, porque la transgresión es la consecuencia y no la causa. La causa está en las conductas que toleramos, en los gestos, las palabras y los hábitos que se repiten hasta volverse agresiones. Muchos de los agresores ni siquiera saben que lo son, porque repiten lo que aprendieron en su casa, en su escuela o en una cultura donde esas actitudes eran vistas como normales. Por eso, este no es un trabajo de guerra ni de persecución, sino de reeducación. Se trata de dar herramientas para que, dentro del entorno deportivo, podamos unificar comportamientos que protejan a todos, sin importar su origen ni la historia personal de cada uno.

Varias asociaciones y fundaciones, como Respeto 360, han impulsado la idea de que levantar la voz no es solo acusar en voz alta. Levantar la voz es aceptar que algo no está bien conmigo mismo o conmigo misma, es reconocer el dolor, admitir que algo me rompió y dar el primer paso hacia lo más poderoso: sanar. La sanación no es un lujo, es la condición necesaria para poder tomar decisiones claras y firmes. Pero también sabemos que hay víctimas tan heridas que pedirles que hablen puede romperlas aún más, y por eso es imprescindible construir protocolos de protección dignos y sólidos, que no solo prevengan, sino que acompañen a quienes han sido dañados, permitiéndoles recuperar la fuerza antes de enfrentar lo que viene.

Existen al menos once transgresiones identificadas en el deporte. Algunas son delitos tipificados, pero muchas permanecen invisibles. Y son esas invisibles, las que nadie ve ni escucha y que no dejan prueba, las que más destruyen porque rompen el alma y desmoronan a las personas. Ese es el terreno donde se necesita trabajar con mayor urgencia: creando capacitaciones, certificaciones, reglamentos y códigos de conducta que permitan prevenir lo invisible, regular lo cotidiano y proteger lo más valioso que tiene un atleta: su dignidad.

Sí, existen leyes, pero la mayoría de las veces llegan demasiado tarde. La prevención real no está en un tribunal; está en la cancha, en el gimnasio, en las albercas, en el espacio donde los atletas entrenan y donde las y los niños sueñan con convertirse en campeones. Es ahí donde debemos garantizar que la violencia no tenga lugar, donde tenemos que asegurar que cada paso hacia el alto rendimiento sea también un paso hacia la seguridad y la salud mental.

El cambio que necesitamos no se construye desde la violencia ni desde la confrontación. Se construye con educación, con empatía, con estructuras vivas que se apliquen de verdad y no se queden en papel. Se construye desde la pasión por lo que más amamos: el deporte. Y es que el verdadero triunfo deportivo no se mide únicamente en medallas, sino en la certeza de que nadie pierda su dignidad en el camino. Ese es el logro más alto. Ese es, y siempre será, el oro más valioso.

 

Azul Almazán. Finalista Olímpica en Sídney 2000, Licenciada en Comunicación y Producción de Medios, con un máster en Prevención de Lesiones Deportivas y pasante de un MBA. Es docente en la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea del INBAL, miembro de la Asociación de Olímpicos Mexicanos y presidenta de Respeto 360, organización que promueve entornos deportivos seguros y prioriza la salud mental de atletas y profesionales del deporte. Con más de tres décadas de trayectoria en el alto rendimiento, ha desarrollado protocolos, reglamentos y programas de formación integral. Su liderazgo y visión la consolidan como una voz firme para transformar el deporte con respeto, resiliencia y dignidad humana.

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