Política y deporte: una relación riesgosa

Fernando Vargas

Por César Pólit Ycaza ECU

La relación política y deporte es de vieja data, tanto que su punto de partida podríamos situarlo en el año 776 A.C., cuando se iniciaron los Juegos Olímpicos de la Antigüedad. Es de naturaleza intrínseca, pues el deporte puede ser concebido como una herramienta de la política o un reflejo de la misma. Como consecuencia de ello, suele utilizárselo como un medio para promover la cohesión social.

Ha sido siempre considerada una relación compleja y contradictoria, dado que, a lo largo del tiempo, la política y el deporte han coexistido complementándose y confrontándose. Su relacionamiento ha dado lugar a una sinergia que ha generado aceptación y reparos, pero también dudas sobre su utilidad.

Aquello nos enfrenta permanentemente al dilema de si la política y el deporte deben mantenerse unidos o separados, si el deporte debe preservar o no su neutralidad política. O si es posible que ellos encuentren vías más seguras y expeditas para relacionarse, libres de subordinaciones. Ante la necesidad de preservar la independencia y autonomía del deporte, el COI prohibió abanderar, a través de su práctica, ideologías o sistemas políticos y realizar actividades que sirvan a esas ideologías o sistemas, o que atenten contra la paz.

La idea de separarlos ha atendido más al propósito fundacional del deporte, a un intento de alimentar una ilusión contradictoria, tras reconocer que su apoliticismo y pureza son parte de su esencia, y que el apoliticismo sigue siendo una posición política ante lo público. Por tanto, esa relación no puede abstraerse de un mundo donde los valores fundamentales se ven cada vez más amenazados, donde todo o casi todo es parcialmente político, y nada, o casi nada, es totalmente político. 

A la política le atrae el deporte, porque “los éxitos deportivos despiertan pasiones que pueden ser explotadas por los Estados en formas ideológicas y políticas”. Y al deporte le interesa y le atrae la política, por su gran mimetismo social. Ello ha dado lugar al surgimiento de una emergente diplomacia deportiva, facilitadora de las relaciones sociales y de las políticas entre países. El éxito alcanzado por el fenómeno deportivo constituye un irresistible polo de atracción para los políticos.

En ese contexto, la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas A/RES/69/6, adoptada en Nueva York en octubre de 2014 (A/RES/69/6), reconoce al deporte como medio para promover la educación, la salud, el desarrollo y la paz, y apoya también la independencia y la autonomía del deporte, y la misión del COI como líder del Movimiento Olímpico. Ese reconocimiento relieva la gran importancia y universalidad del deporte, al mismo tiempo que la necesidad de que no sea utilizado para alimentar o dirimir diferencias políticas entre los países, sino para servir a la paz y el desarrollo de los pueblos.

Desde mucho antes, ya la Carta Olímpica normó la neutralidad política del deporte para evitar su instrumentalización y la de sus eventos. Sin embargo, ello no impidió que estos fueran instrumentalizados o boicoteados por motivaciones políticas, como sucedió con los Juegos de Berlín 1936, Moscú 1980 y Los Ángeles 1984. Los de Berlín fueron explotados políticamente para promocionar la supuesta superioridad de la raza aria y fortalecer la parafernalia nazi en ciernes, mientras que el boicot de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 fue una medición del poderío e influencia política de Estados Unidos y la ex URSS, en el marco de la denominada Guerra Fría. En todos ellos, el perdedor fue el deporte.

La neutralidad política del deporte sigue siendo un principio en permanente construcción en el Movimiento Olímpico, cuya complejidad y dinamia responden a la influencia que sobre el mismo ejercen los cambios sociales y políticos. Ello explica que, a lo largo de su historia y como parte de su evolución, el COI haya registrado posiciones cambiantes, que han ido desde la intolerancia hasta la tolerancia moderada de la influencia de la política en el deporte. 

Es así que, décadas atrás, su expresidente Avery Brundage propugnó un deporte libre de interferencias políticas, por considerarlas inaceptables y lesivas a su esencia y principios: “Una de las mayores dificultades por vencer es impedir las interferencias políticas en el deporte. Como no tenemos dinero ni cañones, hemos de confiar en la gran fuerza de la opinión pública, que nos ayudará a proteger el principio fundamental: no debe haber discriminación por motivos políticos ni religiosos o raciales”. Fueron tiempos de gran rigurosidad conceptual.

Con el advenimiento de Samaranch a la presidencia del COI todo ello cambió, cuando su perspicaz diplomacia logró romper viejos paradigmas, convirtiéndose en el artífice de la universalización de los Juegos, de la participación de los mejores deportistas del mundo en ellos. Su pasado como embajador de España en Moscú facilitó el acercamiento con la ex URSS y la distensión de las fricciones generadas por los boicots y la Guerra Fría. Sus sucesores emularon su manejo, lo que no impidió a Bach enfrentar la crisis de la invasión rusa a Ucrania y sus secuelas. Kirsty Coventry lo tendrá más difícil en un mundo bastante convulso.  

Fuera de los Juegos Olímpicos son innumerables los casos en que la política instrumentalizó el deporte y sus eventos, que se apoderó de sus organizaciones a través de sus operadores. Muchos campeonatos mundiales, continentales y otros de gran importancia y fuerza mediática fueron usados como distractores para que los gobernantes de turno ganen popularidad y se legitimen. Esa instrumentalización contó lamentablemente con algún nivel de complicidad de los dirigentes de deportivos, motivada por su avidez de financiarlos. 

Cuando en 1972 el estadounidense Bobby Fisher ganó el campeonato mundial de ajedrez al ruso Boris Spassky, su triunfo fue utilizado políticamente para poner en entredicho la superioridad histórica en esta disciplina de los soviéticos.  La humillación para ellos fue tan grande, que terminó rechazado por las autoridades de su país y se exilió en Francia, donde adquirió la ciudadanía francesa. Igual sucedió con el famoso partido de fútbol entre Argentina e Inglaterra en el mundial de México 1986, cuando tras la humillación de los argentinos en la guerra de las Malvinas el triunfo de su selección se volvió una reivindicación y fue explotado políticamente por el gobierno de Raúl Alfonsin.  

El deporte ha sido usado también como propaganda política, como cuando se explotan los éxitos deportivos o el financiamiento del Estado al deporte, por parte de las autoridades. Asimismo, cuando se capitaliza el estado de euforia colectiva que generan los héroes deportivos y sus hazañas. Esa instrumentalización se da en medio de la banalidad de relumbrantes homenajes y desfiles, y de almibaradas notas de prensa que promocionan a las autoridades gubernamentales como gestoras de esos triunfos deportivos.   

Pero, adicionalmente, han existido casos en que el deporte fue instrumentalizado políticamente para servir a nobles causas, como cuando el expresidente estadounidense Richard Nixon usó el tenis de mesa como arma diplomática para acercarse a China y reanudar las relaciones entre ambos países. Lo mismo sucedió con la participación de cinco luchadores estadounidenses en la Copa Tajti de Irán, en 1998, que favoreció el inicio de mejores relaciones entre Estados Unidos e Irán, tras 15 años de fricciones.

Otros ejemplos a mencionar fue su utilización para contribuir a superar los conflictos raciales existentes en Sudáfrica, mediante la realización del mundial de rugby en 1995. O para mitigar los traumas de la guerra y de la partición de los países, como fue el caso de la India británica, a través del test match de cricquet disputado entre India y Pakistán, en 1952, o con el desfile de las dos Corea como una delegación unificada en los Juegos Olímpicos, entre muchos otros.

También merece destacarse su instrumentalización para coadyuvar al despertar y progreso de las naciones, como aconteció con el combate entre Alí y Foreman en Kinshasa, en 1974, tras gran parte de la humanidad considerar que esa fue la noche en que África tuvo porvenir. Sí, el deporte es todo eso. Y, sin duda, un arma noble para acercar e integrar a los países y apoyar su progreso, para derribar las grandes barreras construidas sobre prejuicios o conflictos políticos, raciales, religiosos y bélicos.  

El COI, desde la era Samaranch y hasta la actualidad, no ha proscrito ni satanizado la relación política y deporte, pero ello no quiere decir que la misma no sea riesgosa. Por tal motivo, la neutralidad política que el COI pregona sigue vigente. Sin embargo, ella no implica que el deporte deba ser apolítico, pues según lo expresó Thomas Bach en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, del 6 de noviembre de 2013: “(…) debe tomar en cuenta consideraciones políticas en sus decisiones. Debe reflexionar sobre las repercusiones sociales, económicas y políticas de sus decisiones”. 

Pese a los desencuentros producidos, el COI no ha dejado de alentar y promover una relación colaborativa entre las organizaciones deportivas y los gobiernos. La primera Convención Mundial del Deporte Olímpico, reunida en Acapulco el 23 de octubre del 2010, así lo refrendó en el numeral 7 de su manifiesto: “las relaciones entre el Movimiento Olímpico y los gobiernos deben estar basadas en una visión compartida, en la cooperación, la consulta, la coordinación y el respeto a las leyes nacionales, en armonía con los principios de la Carta Olímpica”.

En consonancia, su Código de Ética aporta los preceptos básicos que deben ser observados por las organizaciones deportivas en su relacionamiento con las instancias gubernamentales, y determina que las partes olímpicas son libres de participar en la vida pública del Estado al que pertenecen. Pero, al mismo tiempo, les advierte que no podrán ejercer ninguna actividad ni proclamarse pertenecientes a ninguna ideología contraria a sus principios y normas. 

La política, mientras sirva al interés ciudadano y a nobles causas, no debe ser estigmatizada. Pero, eso sí, deberá condenarse su injerencia cuando sea sinónimo de abuso, corrupción y autoritarismo, cuando constituya un instrumento de los gobiernos para someter al deporte, para atentar contra su independencia y autonomía, y sus principios y valores. No podemos soslayar, sin embargo, que muchas veces los gobiernos no son la solución a los problemas sino, más bien, el problema. De ello existen muchos ejemplos.

Siendo la relación política y deporte siempre riesgosa, no deja de ser necesaria. Únicamente cuando los líderes deportivos tomen conciencia de ello, sus organizaciones podrán enfrentar con mayor o menor éxito los embates de la política. Para ello, el deporte nunca dejará de demandar que esa relación sea constructiva y útil, que esté basada en el respeto mutuo y la colaboración, y que sirva a los intereses de la sociedad. 

Nuestros líderes políticos deben tener claro, a su vez, que la política y el deporte transforman vidas, que están llamados a servir el interés ciudadano. Ello les impone trabajar juntos por ese objetivo, en el marco del mutuo respeto y sabiendo que a la política le corresponde lo que es de ella, y al deporte lo que es del deporte. La humanidad así lo espera. 

César Pólit Ycaza ECU

Destacado especialista ecuatoriano en deporte, licenciado en Ciencias Sociales y Políticas, con una amplia trayectoria en gestión y política deportiva. Ha sido presidente de la Federación Ecuatoriana de Voleibol, secretario nacional del Deporte, directivo del Comité Olímpico Ecuatoriano y secretario de la Federación Ecuatoriana de Tenis. Fue director de la Comisión de Eventos de la Confederación Sudamericana de Voleibol y presidente del Panathlon Club Guayaquil. Es autor del libro Estado y Deporte. Amigos y enemigos íntimos y ha participado activamente en la elaboración de leyes deportivas, promoviendo la ética, la transparencia y el desarrollo institucional.

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