Cuando el dinero manda: el precedente que amenaza al fútbol europeo

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Rafael Guillermo Cortez Menez

Para nadie es un secreto que el objetivo de la FIFA y de muchos equipos en los últimos años es el de generar la mayor cantidad de ingresos posibles, sin importar si los jugadores se lesionan, si el espectáculo se ve reducido o si el aficionado de toda la vida se ve afectado directamente. 

En los últimos días, esta discusión sobre si este tipo de prácticas son buenas o no se ha vuelto a encender, esto debido a la información que señala la intención de realizar un partido oficial de LaLiga española en territorio estadounidense. Los equipos involucrados son el FC Barcelona y el Villarreal, los cuales dieron luz verde para realizar dicho partido en Miami, situación que causó molestia entre diversos clubes y directivos de LaLiga, ya que no se les consultó sobre esta decisión, la cual va en contra del reglamento que prohíbe realizar juegos oficiales de LaLiga en otros territorios. 

Por supuesto, de realizarse este partido, los beneficios serían muchos. La derrama económica sería muy importante para todos los involucrados, la posibilidad para aficionados extranjeros de ver fútbol europeo de primer nivel en un torneo importante, el acercamiento con la afición norteamericana a un año de la Copa del Mundo… todo eso suena atractivo, y es cierto que el negocio sería redondo. 

La globalización que cambió el juego 

De la globalización en el fútbol tenemos muchos ejemplos. Lo que hace unos años inició con partidos de pretemporada en países extranjeros ha ido creciendo a pasos agigantados. Primero fueron giras amistosas, partidos de verano donde el resultado importaba poco y el marketing mucho. Después llegaron los cambios más profundos: supercopas nacionales mudadas a países árabes, donde los contratos millonarios hicieron que las federaciones olvidaran la incomodidad de los viajes y las críticas de los aficionados. 

La Supercopa de España encontró en Arabia Saudita su nueva sede habitual. Italia llevó su Supercopa a Riad o Doha. El Mundial de Clubes pasó de ser un torneo breve y casi simbólico a convertirse en un evento de 32 equipos, con sede en Estados Unidos y un calendario que amenaza con saturar aún más a los jugadores. Incluso las selecciones nacionales han convertido en costumbre disputar partidos “en casa” a miles de kilómetros de su público: Brasil contra Argentina en Australia, España en Japón, México en estadios estadounidenses llenos de compatriotas expatriados. Todo esto, dicen, para expandir la marca. 

El verdadero peligro 

A mi parecer, el gran peligro de este negocio no está en el partido de Miami en sí, sino en el precedente que sentaría. Porque, por más dinero o negocio que las instituciones persigan, siempre se había mantenido ese pacto no escrito: este tipo de partidos no afectaban a las competiciones más importantes, las que forman el corazón emocional del aficionado. Pero si este encuentro se lleva a cabo, se abrirá la puerta para que muchos otros equipos estén dispuestos a jugar donde el dinero los llame, incluso si eso significa despojar a los hinchas locales del derecho a vivir esos momentos en su estadio. 

Esto tampoco es nuevo. Empresas como la WWE, la NFL o la NBA llevan sus espectáculos a otros países desde hace muchos años. La diferencia es que, en esos deportes, el modelo es itinerante por naturaleza, y el público lo asume como parte del negocio. En el fútbol, en cambio, uno se enamora del equipo de su ciudad, hereda los colores de su padre, jura defenderlos hasta la muerte. Esa pasión es un lazo que va más allá de lo comercial, y es precisamente lo que cada vez pesa menos frente a los intereses económicos. 

El miedo que compartimos 

El gran miedo que tengo, y que compartimos muchos aficionados, es que más pronto de lo que esperamos se vuelva cotidiano que tu equipo o tu selección dispute las grandes citas —las que quedan en la historia, las que sueñas presenciar para llorar de tristeza o alegría junto a tus hermanos de grada— en un territorio extraño, inaccesible para quienes han sostenido al club con su fidelidad durante décadas. Todo, por unos cuantos dólares más. 

Y cuando eso suceda, no habrá marcha atrás. Los estadios que fueron templos de gloria quedarán relegados a partidos de trámite, mientras los encuentros que definen una era se jugarán en escenarios fríos para el aficionado original, pero cálidos para las cuentas bancarias. 

Podrán llamarlo evolución, podrán decir que el fútbol se adapta a un mundo global. Pero la evolución sin identidad no es progreso: es una renuncia. El día que aceptemos que todo es negociable, ese día habremos firmado el acta de defunción del fútbol como lo conocemos. Y entonces, ni el dinero, ni los contratos, ni los mercados emergentes podrán comprar lo que habremos perdido para siempre: el alma del juego. 

 Rafael Guillermo Cortez Menez

 

Egresado de la carrera de Derecho y actualmente estudio la Maestría en Periodismo Deportivo. Soy un amante del deporte y creo en su poder para contar historias que inspiran, cuestionan y unen. Busco combinar el análisis y la pasión para comunicar el deporte con profundidad, claridad y respeto por quienes lo hacen posible.

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