Por Rafael Guillermo Cortez MEX
El 24 de julio de 2025, el mundo despertó con una noticia que estremeció a generaciones: Terry Gene Bollea, mejor conocido como Hulk Hogan, falleció a los 71 años. Se fue no solo una leyenda de la lucha libre, sino tal vez el personaje más grande e influyente en la historia del entretenimiento deportivo.
Porque Hogan no fue solo un luchador: fue la cara del wrestling, el rostro de la WWE, la fuerza que rompió la barrera del nicho y llevó la lucha libre a la cultura popular global. Fue pionero en todo. Cuando aún no existía el concepto de una superestrella de la lucha libre, Hogan ya llenaba estadios, vendía millones en mercancía, encabezaba portadas de revistas… y sí, también aparecía en películas de Hollywood.
Su participación como Thunderlips en Rocky III (1982) fue un hito: colocó a un luchador profesional en la pantalla grande junto a Sylvester Stallone, en una época en la que aún se discutía si esto era siquiera un deporte legítimo. Hogan ayudó a borrar esa línea. Su imagen musculosa, su carisma exagerado, sus promos electrizantes y su inconfundible voz lo convirtieron en el héroe perfecto para una era que necesitaba íconos más grandes que la vida misma.
Cuando Vince McMahon decidió apostar todo en el proyecto WrestleMania, fue Hogan el elegido para encabezar el evento. Y no solo cumplió: definió el evento. WrestleMania se convirtió en el Super Bowl del wrestling, y Hogan en su Tom Brady. Su enfrentamiento con André el Gigante en WrestleMania III es todavía uno de los momentos más recordados en la historia del espectáculo.
Hogan no solo dominó la WWE, fue la WWE. Su vínculo con Vince McMahon fue simbiótico: uno necesitaba al otro para construir el imperio. Pero incluso las alianzas más poderosas se desgastan. A mediados de los 90, Hogan se marchó a WCW, y muchos creyeron que era el principio del fin.
Pero entonces, una vez más, lo cambió todo.
Durante la famosa Guerra de los Lunes entre WCW Nitro y WWE Raw, Hogan lideró la revolución. Su giro a villano y la creación de la facción New World Order (nWo) junto a Scott Hall y Kevin Nash reescribieron las reglas del juego. Fue shock, fue traición, fue historia. Por primera vez, el héroe más querido del wrestling se atrevía a romper su propia imagen. Y lo hizo con tanto éxito, que WCW superó en audiencia a WWE durante 83 semanas consecutivas. Hogan, ya en sus 40s, seguía siendo el nombre más importante de la industria.
Cuando regresó a WWE a inicios de los 2000, lo hizo como leyenda viviente. Su combate ante The Rock en WrestleMania X8 fue una clase magistral de psicología y conexión con el público. No importaba cuántos años habían pasado, Hulkamania seguía viva.
Pero ni las leyendas son eternas. Y el mito de Hogan comenzó a desmoronarse.
Detrás del telón, siempre fue un personaje polémico. Su enorme ego y control creativo frenaron el ascenso de muchos talentos. Su historial con los excesos — drogas, alcohol, relaciones— fue tema constante. Pero el golpe más duro vino con la filtración de comentarios racistas en 2015. Las palabras fueron brutales. Imperdonables. Y aunque pidió disculpas, la mancha quedó.
La WWE lo retiró del Salón de la Fama por varios años. Muchos fans nunca volvieron a corear su nombre. Nunca volvió a ser el mismo. Regresó, sí. Pero no como héroe redimido, sino como una figura tolerada. Como una reliquia a la que se le reconocía su peso histórico, pero no se le abría el corazón como antes.
La pregunta sigue abierta: ¿se puede separar al artista de la persona? ¿Qué pesa más: los logros o las fallas? En el caso de Hogan, ambos pesan toneladas.
Hoy, el wrestling llora su partida. Porque Hulk Hogan lo cambió todo. Y como fan, solo puedo agradecer que haya existido. Pero también es necesario aprender de su historia: no basta con brillar en el cuadrilátero. Para ser una leyenda imperecedera, hay que serlo también fuera de cámara.
Hulk Hogan murió. Pero su figura seguirá viva, tanto por lo que construyó… como por lo que destruyó.
Rafael Guillermo Cortez Menez
Egresado de la carrera de Derecho y actualmente estudio la Maestría en Periodismo Deportivo. Soy un amante del deporte y creo en su poder para contar historias que inspiran, cuestionan y unen. Busco combinar el análisis y la pasión para comunicar el deporte con profundidad, claridad y respeto por quienes lo hacen posible.
